sábado, 23 de junio de 2018

FELIZ VERBENA. FELIZ VERANO. FELIZ DESPARRAME DE LUZ Y SONIDO



        Estaba releyendo la publicación que hice en este blog el último San Juan,  y me parece imposible que haya pasado ya un año. Sé que el tiempo vuela, pero ¿tanto? Claro que desde que dejé de trabajar, hace más de cinco meses (¡madre mía!), he perdido absolutamente la noción del tiempo. Ahora disfruto con la maravillosa pregunta que me hago a mi misma: ¿Qué hora debe ser? Ja,ja,ja. ¡Libertad!

            Pero de lo que no puedo escaparme, es de saber que ya está aquí el adorado y odiado verano. A partes iguales.

            Para muchas personas es una época añorada durante todo el año. Una época que implica sobretodo las maravillosas vacaciones. Que por fin, por unos días, se dejará atrás la rutina, el ver las mismas caras, un día tras otro, y se intentará dar rienda suelta a todos esos sueños acumulados durante once meses.

            A todos los que vais a poder coger los trastos y marcharos muy lejos, o muy cerca, pero que vais a desconectar de lo habitual, os deseo que seáis muy felices, y que las horas se estiren para que los días parezcan mucho más largos.

            Pero no hay que olvidar esa otra parte de la humanidad que nos rodea, la que nos encontramos cada día en el metro o en el súper, y a la que el verano para ella significa la tristeza de no poder hacer lo que su cuerpo y su mente necesita. Esa humanidad que, por problemas económicos o de salud, tendrán que pasar los tres meses largos esquivando, como puedan, el calor, y sobre todo la euforia de los que piensan que todo el mundo puede irse de crucero por el Mediterráneo, y no disimulan su estupor cuando, tras la impertinente pregunta: “Y ¿dónde te vas de vacaciones?” escuchan la respuesta… “A ningún sitio”

            Cruel sociedad esta de consumo que nos está volviendo devoradores de sentimientos. Que nos hace creer que somos mejores que el que tenemos al lado, por el mero hecho de poder colgar en Facebook muchas fotos, absurdas y ridículas, de lo bien que lo estamos pasando, lo felices que somos, todo lo que comemos, y todo lo que gastamos.

            Siempre me pregunto lo mismo. Si nos dijeran: "Puedes hacer el viaje más increíble de tu vida. Todo pagado, pero no puedes comentarlo con nadie, ni enviar una foto a nadie" ¿lo haríamos?


            ¡Ay amigos!,  y aquí está la maravillosa verbena de San Juan. Ya faltan pocas horas para que los petardos, las tracas, los zambombazos, y los sustos tomen las calles. Mi solidaridad con todos los que tengáis mascotas.  Mucho cuidado, por favor, al sacarlas a  la calle, porque el pánico puede hacer que se suelten.

            Y no es que no me guste esta verbena. Fijaros, hoy es mi santo, y aunque un día como hoy, mi madre decidió ir a celebrar su verbena particular con todos sus seres queridos, que ya la estaban esperando en ese mundo de paz y de amor, lo celebro con alegría: la coca, el cava, la luz de este día, el cariño de los míos…

            Claro que me gusta la fiesta, pero no puedo, y reconozco que cada vez menos, con los ruidos. Al final he llegado  a creer que donde mejor debería estar, es en alguno de esos monasterios de clausura donde impere la ley del silencio.

            ¡Uh!, no me veo. Una cosa es tener fobia a los ruidos, a los gritos, al volumen exacerbado de la gente para hablar, hasta con el que tiene al lado,  y otra el silencio absoluto. No. Reconozco que no soy una gran habladora, pero me gusta comunicarme.

            San Juan, su verbena, es sinónimo que una parte del año, para muchos la peor, ya ha pasado.

            Los niños, felices de empezar sus larguiiiiiisimas vacaciones (que se lo digan a los padres y abuelos que van a tener que hacer encajes de bolillos para que esos super activos críos, a los que se les ha soltado ya la cuerda de los horarios y clases, puedan desfogarse a gusto).

            Los jóvenes, soñando con unos meses de diversión, locura, fiestas populares, y sobre todo con esa puerta abierta al maravilloso amor de verano, que aunque seguramente durará lo que dure el cantado solsticio, jamás lo olvidarán.

            Y los que ya no somos tan jóvenes, los que hasta empezamos a olvidar ese amor de verano, o comenzamos a dudar que alguna vez existiera, la llegada de esta época nos transmite la sensación (aquí dejo que cada lector haga su propia lectura) que el día se alarga. Que tenemos más horas en el reloj. Que tenemos más tiempo para hacer cosas, o para no hacer nada.

            Cuando llegan esas épocas, en las que a las cinco de la tarde es casi de noche, nos hace el efecto que ya se ha acabado el día; que a partir de esa hora ya nada está abierto, o simplemente no apetece más que llegar a casa.

            Ahora miramos el reloj, rodeados de un sol que ya va a descansar, pero que todavía  tiene ganas de juerga,  y aunque sean las nueve de la noche, decimos. “¡Ah!, es pronto aun”.

            Al nuevo gobierno, por si cuela, le pediría que aprobara  un decreto para que el sol, en pleno diciembre, siga iluminándonos, tranquilo y acariciador, hasta que nos vayamos a cenar.

            Amigos y amigas,  Joanas y Joans, Juanas y Juanes, muchas felicidades, y ojalá este sea uno de los veranos de vuestra vida.

sábado, 16 de junio de 2018

AL OTRO LADO DE LA TRAGEDIA


            
             Hay semanas que me cuesta encontrar un tema para el blog, y hay otras, como esta, en la que los acontecimientos se agolpan.

            Quería escribir, a modo de segunda parte de la publicación de la semana pasada, sobre el efímero recorrido del ministro de cultura. Si hace siete días el título fue: “Buenos días señor ministro”, hoy hubiera pegado: “Adiós señor ministro”.

            Pero pienso que es un tema que no me produce ningún tipo de sentimiento. Ya se sabe, la mujer del César no solo tiene que ser decente, si no aparentarlo. “Caza de brujas”. “Jauría que se oculta tras los medios de comunicación”. “Injusticia”…

            A mí jamás se me ha ocurrido esconder ni un solo euro a la hora de hacer mi declaración de hacienda. Primero porque siempre he estado absolutamente fichada, a través de una nómina, y segundo porque,reconozco, que soy una “cagada”, y prefiero adelantarme a pagar, antes que me llegue una carta certificada “invitándome” a hacerlo.

            Como tema anecdótico, está el cese del seleccionador español y fichaje del entrenador del Real Madrid, que ha coincidido en la persona y en el tiempo, pero…¡paso! porque, como al ex ministro de cultura y deporte, el fútbol me la trae al pairo (mala época para mí estos días)

            Sin embargo, llevo días siguiendo con atención, y por qué no decirlo, con cierto temor, la aventura del Aquarius. Lo siento amigos, pero lo veo todo como un tremendo montaje.

            Estoy segura que si este gobierno llevara dos años ya en el poder, y estuviera gobernando sin demasiados sobresaltos, el barco seguiría navegando sin rumbo.

            Por supuesto que me alegra muchísimo que hayan tomado la decisión de darles buen puerto en Valencia. Espero que no se quede todo en una foto de bienvenida. Espero que haya un seguimiento real de las personas que desembarcarán mañana. Espero que ayuden a que la pesadilla de quienes tienen que abandonar sus hogares, se acabe. Espero… pero no confío.

            Ayer hablaba el alcalde de Valencia, y decía que solamente Cruz Roja y el personal especializado en este tipo de situaciones estarían presentes para recibir a los migrantes. Que no era cuestión de que se encontraran con todo un circo montado a su alrededor. Que sobraban los políticos, y que lo que se estaba intentando era que personas, sobretodo africanas afincadas en España, los recibieran para que se sintieran más como en casa.

            Sigo sin confiar. Deseo que le Aquarius no sea la nueva atracción de feria que cuando ya se ha pasado la euforia de las fiestas, la desmontan, nadie más se acuerda de ella, y se tiene que ir a otro sitio.

            Hoy mismo avisaban desde Andalucía, que en estos días están llegando tantas pateras que están totalmente desbordados, y pedían ayuda. ¿Qué diferencia hay entre unos y otros? ¿También hay migrantes de primera y de segunda?

            Pero os tengo que confesar que esta semana ha habido algo que me ha revuelto las entrañas. Ayer me llegó por mail, como cada semana, el blog del alcalde de Cornellà, Sr. Antoni Balmón. Me gusta lo que cuenta, y cómo lo cuenta.

            Tenía dos publicaciones, y una de ellas me llamó la atención. Precariedad con un final trágico. Tras leerlo me quise informar más, y busqué por las redes la noticia.

            El pasado jueves, Jordi, un electricista de 45 años, ante el inminente desahucio de su piso de alquiler, se suicidó.

            Titular frío y escueto. ¿Y detrás?

            La historia de un hombre que en su momento tuvo su trabajo de electricista; tuvo la ilusión de alquilarse un piso, en una de las muchas casas colmenas que hay en San Ildefonso, una poblada barriada obrera de Cornellà, y de llevarse a su chica a empezar una nueva y maravillosa vida. Sueños simples, como tenemos todos.

            La suerte se le giró, como a miles de personas. Perdió el trabajo, y esa maravillosa vida le mostró su peor cara.

            Dicen que buscó desesperadamente otro trabajo. Cualquier cosa que le hiciera entrar dinero en su casa. Tenían que vivir, y no querían perderla. Cuentan que iba con su bicicleta arriba y abajo ofreciéndose a arreglar desde un grifo, hasta cargar muebles en una mudanza. Lo que fuera.

            Los meses iban pasando, y su deuda con el “casero” aumentando, al no poder hacer frente al alquiler. Era comer o pagar la casa. Si difícil es convencer, o intentar que una persona comprenda tu situación, y tenga la suficiente caridad como para esperar un mes más, tarea imposible cuando quien hay detrás de un teléfono, porque nunca darán la cara, es una entidad bancaria.

            El Ajuntament de Cornellà, adonde Jordi acudió pidiendo ayuda, consiguió parar el primer intento de desahucio, y solicitó parar también los otros dos posteriores, alegando la precaria situación económica de Jordi. No lo escucharon.

            El jueves, un comité judicial llamó a la puerta de su casa para sacarlos definitivamente a él y a su chica. Un perro pequeño, un cachorro que, o se habían encontrado, o alguien se lo había regalado para intentar aliviarles las penas, ladró alegremente ajeno a la tragedia que se encontraba tras esa llamada.

            Jordi se negó a abrirles. Quería quemar sus últimos cartuchos. El comité judicial requirió la presencia de los mossos de escuadra, quienes le pidieron que abriera para no complicar todavía más la desagradable situación. Se tenían que ir ya, si no por las buenas, por las malas.

            Jordi, vencido, les dijo que les iba a abrir, y que esperaran un momento en el rellano. Dio media vuelta; quizás acarició la cabecita del cachorro, quizás miró los desesperados ojos de su chica; entró en su habitación, y lo que realmente abrió fue la ventana de su décimo piso desde donde se arrojó al vacío, encontrando así la única solución a su problema.

            Los gritos de su compañera: “Se ha tirado. Se ha tirado”, hicieron que la comitiva judicial y los mossos bajaran corriendo los diez pisos, y al llegar a la calle se encontraran un cuerpo, ya propiedad del banco (es lo único que consiguieron), y deseo con todo mi corazón, que un alma liberada de la ambición y crueldad de un sistema financiero al que todos ayudamos a mantenerlo.

            Estoy segura que a la chica y al cachorro les encontrarán una nueva casa, aunque no sea más que para acallar conciencias. Sé que el Ajuntament de Cornellà va a tomar acciones legales ante los propietarios del inmueble, por no haber hecho caso a sus peticiones de frenar el desahucio.

            Si hay semanas que el corazón se encoge, esta es una de ellas.

            Yo podría ir en ese Aquarius, porque yo no soy más que cualquiera de las personas que van en él. Simplemente el destino ha hecho que  naciera en otro lugar.

            Yo podría haber sido esa persona desesperada, a la que la oscuridad de su vida le mostró una pequeña luz en el vacío de un salto mortal.

            Doy gracias a Dios por, una vez más, estar al otro lado de la tragedia.






sábado, 9 de junio de 2018

BUENOS DÍAS SEÑOR MINISTRO


El miércoles pasado mi hermana me mandó un whatssap preguntándome si me había enterado de que Màxim Huerta era el nuevo ministro de cultura.

La verdad es que no había escuchado nada, y esta noticia me sorprendió mucho. Ella me lo preguntaba porque, anecdóticamente, Màxim Huerta había estado en Logroño, la víspera de la presentación de mi libro, precisamente en el mismo lugar,  presentando el suyo. ¡Qué cosas! Un poco más, y me hacen ministra a mí.

Qué cara hubiera puesto Màxim Huerta, si en aquella presentación alguien le hubiera dicho. “Justo de aquí un mes, estarás sentado en el sillón del ministro de cultura. Pero no porque le hayas ido a hacer una entrevista, o hayas ido a hablar de la promoción de tu novela, y como gracia te hayas sentado en su sillón. ¡No, no, no! Estarás sentado en su sillón, porque tú serás el nuevo ministro de cultura.

Y cuando sus carcajadas hubieran llegado hasta la mismísima Calle Laurel, provocando que los cientos de riojanos que estaban con la tapa o el rioja en la mano, se quedaran expectantes  pensando, de dónde venían aquellas exageradas risotadas, le hubieran ampliado la información…”Y de deportes”.

Aquí en cuando Màxim Huerta se hubiera caído de la silla de la preciosa librería de Santos Ochoa.

Pues así es la vida, amigos. Sorprendente, loca, disparatada e incontrolable.

A veces tengo la sensación que este tipo de “encargos”  son como una especie de regalos envenenados.

Aún así, estoy segura que miles de personas habrán perdido, pierden y perderán el culo por recibirlos. Parece que la palabra “ministro” lleva implícito la sensación de poder, privilegios, atenciones, y un nivel de vida, normalmente, superior.

¿Quien duda que para ellos siempre habrá una buena butaca en el mejor palco para ver ese espectáculo, del que ya no quedan entradas desde hace meses?

¿O esa mesa en el restaurante de moda, donde hay que reservar casi con un año de antelación?

¿Cuánta gente que hasta ese día los ignoraban, o los trataban con indiferencia, ahora se pondrán, si es preciso, de felpudo para que se limpien los zapatos antes de entrar en sus casas?

Los amigos de verdad los llenarán de felicitaciones y, los amigos de no verdad, intentarán acercarse nuevamente a ellos para darles una palmada en la espalda, que corrobore que siguen siendo íntimos.

Bueno, esto quizás sea más difícil, porque a partir del día en que alguien te marca con el dedo ejecutor y dice: “Tú,  ministro”, se acabó el ir por la calle con los cascos puestos escuchando tu música preferida, o el sentarte con tu “churri” en una terraza a tomarte tranquilamente una horchata. A partir de ese día estarán siempre acompañados, discretamente, por unas personas cuyo único objetivo en la vida, será el protegerlos de las falsas palmadas en la espalda.

Y yo me pregunto ¿qué hace un ministro cuando llega a su ministerio?

De entrada, no conoce ni el lugar, ni donde están los lavabos… ¡Ay que tonta!, él tendrá uno privado en su despacho. Ni donde está la máquina del café…  ¡Ah no!, que se lo llevarán bien calentito en cuanto marque una tecla del teléfono.

Llegará allí, se sentará en su mesa (los más cursis colocarán la foto familiar), se dará un par de vueltas en su sillón, como si estuvieran en un tío vivo, mientras contemplan la panorámica del despacho, mirará por la ventana la privilegiada vista que se enmarcará como un cuadro digno del Museo del Prado (no nos olvidemos que estamos en Madrid), y posiblemente se distraerá abriendo los vacíos cajones de su mesa. Y  ¿cuándo empezará a trabajar? ¿Quien le dará el trabajo?

El otro día escuche en una radio “seria”,  algo que me dejó estupefacta. Aseguraban que los antiguos ministros se llevaban toda la documentación relativa a su ministerio. Es decir, todo el trabajo realizado, o pendiente de realizar.

“Si hombre, encima que me echan voy a dejarle a mi enemigo todo lo que llevo trabajando desde hace meses. ¡Y una porra!”

Lo que tengo muy claro es que, como siempre, el jefe, si no tiene un gran equipo detrás, no vale nada.

Los ministros, si no fuera por toda una serie de trabajadores, hartos ya de ver pasar caras nuevas cada cierto tiempo, que saben perfectamente todo lo que conlleva ese ministerio, serían unas simples figuras decorativas.

A todos los nuevos ministros y ministras (que manía les ha entrado ahora. La lucha por la igualdad se demuestra con otras cosas) les deseo lo mejor. Primero, por mi propio bien y el de los míos, y luego por el de ellos, que ¡pobrecitos!, de entrada, no me han hecho nada malo. Por ahora.

Màxim Huerta comparte conmigo la pasión por las letras. Es un excelente escritor,  y espero que la magia de la literatura, y de la felicidad que proporciona el dejarte llevar por tus propios personajes y por sus historias, contribuya a que consiga colocar la cultura en este país, en el lugar que le corresponde. Un país que le da la espalda a la cultura está abocado al fracaso y a la mediocridad.

Lo del deporte…. Lo vamos viendo ¿vale?





sábado, 2 de junio de 2018

¿QUIEN ERES TÚ?


El sábado pasado por la noche, pensé bajar a Nina un poco antes  porque estaba muy cansada. Justo cuando me iba a levantar del sofá, un estruendoso petardo hizo que Nina saliera corriendo de la habitación, y se pusiera a mi lado mirándome con ojos aterrorizados (ya estoy temiendo san Juan). En aquel momento me acordé que estaba jugando el Real Madrid la final de la Champions. No sabía si el petardo era porque había ganado o perdido (hay gustos para todos). Encendí la televisión y vi que todavía seguían jugando, y que iban 2 a 1 ganando el Madrid. Obviamente decidí esperar hasta que acabara el partido, porque si me pilla otro petardo en la calle, los 40 kilos de una Nina espantada, me hubieran tirado al suelo.

Casi a las doce de la noche me decidí a bajarla. Lo hizo asustada y tirando muchísimo. Pasamos por un sitio donde hay un pequeño trozo de jardín, rodeado de una muralla bajita.

A pesar de ser tan tarde, había todavía muchos niños por la calle. Era sábado, hacía una agradable temperatura, y estábamos en pre-fiestas de Cornellà, ya que ayer fue la Festa Major, y llevamos una semana de actividades.

¿Por qué os cuento estos detalles que podéis pensar que son banales? Pues porque  son importantes en la historia que os quiero contar, y que me dejó muy tocada emocionalmente.

En esta especie de muralla bajita, estaba apoyada una señora. Miraba a los niños que todavía estaban jugando, ya de retirada con sus padres, y en un principio pensé que estaba controlando a algún hijo suyo. De toda formas me extrañó su comportamiento y su indumentaria. Iba con un vestido negro, demasiado de vestir para la ocasión. Al pasar por su lado me di cuenta que era mucho más joven de lo que creía. Su aspecto era un poco entre agitanado y sud-americano. De piel muy morena, y con el pelo largo y ondulado, de color negro azabache precioso. Era bajita pero muy voluminosa. El vestido, demasiado ceñido, no tenía mangas y dejaba al descubierto unos gruesos brazos.

Al cabo de unos minutos, después de que Nina hiciera sus cosas a todo correr, porque seguía muy asustada, volví a pasar por el mismo sitio.

Ya no había niños, pero la chica seguía en la pequeña muralla, que le llegaba un poco más abajo del pecho. Ahora ya no estaba simplemente apoyada en ella, si no con sus gruesos brazos encima de las piedras, ocultando su cara entre ellos, mientras claramente vi que sollozaba.

No pude pasar de largo, sin al menos preguntarle qué le ocurría.

Curiosamente Nina, que seguía tirando desaforadamente para casa, cuando me paré con la chica, dejó de tirar. Se quedó quieta a mi lado (yo creo que también impresionada con la escena).

Tras repetirle un par de veces qué le ocurría, medio volvió la cara. Era una mujer muy guapa; con unos ojos impresionantes, que se iban deformando por las manchas que le producía la pintura que se le iba corriendo.

Entre sollozos exclamó: “Me quiero morir. Me quiero morir”.

Iba cogida a un bolso grande y viejo, y noté que cada vez le quedaban menos fuerzas. Le acaricié un brazo, cuya piel era tersa y fría, y le dije si quería que avisara a alguien. La policía en Cornellà está siempre rondando las calles, y ante una llamada acuden rápidamente.

No me contestó; solo lloraba y lloraba, desesperada, mientras repetía que se quería morir. Al final, viendo mi interés, me miró y me dijo:

·        Mis hijos.
·        ¿Qué les pasa? -le pregunté pensando que estaban enfermos.
·      Se los ha llevado a Marruecos - me respondió mientras negaba una y otra vez con la cabeza-. Se los ha llevado a Marruecos -repitió a punto ya de caer al suelo.
·    ¿Quién se los ha llevado? -quise saber, aunque me imaginaba la respuesta. Pero era por seguir la conversación con ella e intentar que se calmara.
·       Su padre. Se los ha llevado a Marruecos. Me quiero morir.

En un momento se fue yendo para abajo y yo intenté que no se cayera, pero era un peso muerto y me fue imposible sujetarla. Se quedó tendida en el suelo, y tuve que bajarle enseguida el vestido porque se le veía la ropa interior. Miré a mi alrededor buscando ayuda, y en aquel momento, llegó una furgoneta de la que bajó un hombre.

·   Pero fulatina (no me acuerdo que nombre dijo), ¿otra vez igual? Vamos, levántate que te llevo a tu casa.

Le pregunté si la conocía, aunque era obvio, y no me contestó. Estaba demasiado atareado en intentar levantarla del suelo.

Ella seguía llorando y gritando: “Mis hijos. Mis hijos”

·      Sí, sí, venga - le dijo el hombre para que se callara-. Pero ahora te llevo a tu casa. Venga...

Y con un titánico esfuerzo, la levantó.

Me quedé un momento más para ver si ella quería o no entrar en la furgoneta con el hombre. Vi que le apoyaba la cabeza en su hombro, y que iba voluntariamente.

Cuando ya me marchaba con Nina, escuché que me llamaban.

·        Señora, señora.

Me volví pensado que querrían pedirme algo.

La chica, con la cara llena de manchurrones de rímel, esbozó lo que podría ser una pequeña sonrisa y me dijo.

·        Gracias por preocuparse por mí.

Y el señor la metió en la furgoneta; pasaron por mi lado, y desaparecieron.

A veces me dicen que cómo puedo tener tanta imaginación. La vida es la mayor de las novelas.

Me fui a casa muy impresionada y con un montón de preguntas rondándome la cabeza. ¿Quién era aquella mujer? ¿Realmente sus hijos estaban en Marruecos con su padre? ¿Por qué no estaba con ellos? ¿Quién era el hombre de la furgoneta, que tan bien parecía conocerla? ¿Qué drama se escondía, de verdad, detrás de aquellas desesperadas lágrimas? ¿Que sabemos los unos de los otros?

Cada vez vivimos rodeados de más personas, y cada vez estamos rodeados de más desconocidos. Y lo peor de todo, es que no tenemos ni la curiosidad, ni mucho menos la caridad de querer conocerlos. Que nadie nos haga salir de nuestra zona de confort; de nuestra madriguera. Que nadie nos moleste con sus problemas, porque eso supondrá tener que dejar de pensar en los nuestros.

No he vuelto a ver a aquella mujer, pero ojalá un día lo haga viéndola feliz, y llevando de la mano a sus pequeños.

Un beso amigos.
 .





sábado, 26 de mayo de 2018

CRUCES EN LAS PLAYAS. ¡HOMBRE, YA ESTÁ BIEN!



           
           No sé si subiré esta publicación, o como en otras ocasiones, después de leerla al cabo de unas horas, esa parte que hace honor a mi signo de Libra, y que intenta siempre evitar confrontamientos, la borrará.  Reconozco que llevo semanas deseando escribir; con la pluma que me arde entre los dedos.
           
            El hecho de no haber nacido en Catalunya y de saber que, para más de uno, mi opinión no vale nada, porque viene de una “medio facha” de Logroño, ha ido tirando con desesperación de las bridas de mi caballo para mantenerlo quieto, sin que tan siquiera intentara relinchar. Yo misma me he ido haciendo pequeña, creyendo que realmente soy una ciudadana de segunda, y que en cualquier momento, según lo que dijera, escucharía la, tan bajamente usada frase de: “Si no estás conforme, vete a tu tierra”

            Pero hoy he dejado de encogerme, y de disculparme erróneamente a mí misma.

            No soy catalana porque he nacido en Logroño, y a mucha honra, pero mi madre, mi abuela, mis bisabuelos, y mis tatarabuelos, eran catalanes. Por lo tanto, la sangre catalana corre también orgullosa por mis venas.

            Mi madre quiso siempre a Catalunya y sobretodo adoró a su querida Barcelona, que la vio nacer nada menos que en el carrer de Mallorca. Esa Barcelona de la que nos hablaba añorante a mi hermana y a mí noches y noches, mientras íbamos desgranando nuestra infancia.

            Mi madre fue la mujer más feliz del mundo cuando en el año 1971 consiguió, llevándonos de la mano,  regresar a su tierra, con todas las dudas y los miedos de un futuro incierto. Con temor, sí, pero con la seguridad que su Catalunya nos acogería, como a aquellos hijos pródigos que regresan emocionados.

            Llevo 47 años en Catalunya: estudiando y trabajando. Llevo 47 años respetando, queriendo, y colaborando con mis impuestos, a que el lugar donde vivo sea el lugar más maravilloso del mundo, en donde todos quepamos.

            ¿Quien se atreve a decirme que no puedo opinar, y con la voz bien alta, de todo lo que está ocurriendo?

            Por supuesto que estoy absolutamente en contra de que haya nadie privado de su libertad por sus ideas, y mucho más cuando ni siquiera han sido juzgados.

            Por supuesto que estoy en contra de un gobierno central, cerrado, intolerante, y anclado en el pasado, cuya única obsesión está situada al nordeste de España.

            Por supuesto que critico tantas y tantas cosas mal hechas, y que están perjudicando a Catalunya. Pero, ¿somos realmente las únicas víctimas?

            Tenemos un Govern salido de la suma de varios partidos que se han tenido que hacer amiguísimos, a cualquier precio, porque individualmente, por ellos mismos, jamás hubieran conseguido estar en el poder.

            Tenemos un President del Parlament, que solamente escucha a una parte del hemiciclo,  y se pone tapones en los oídos ante la otra, por más que a esa otra la haya votado casi la mitad de la ciudadanía, a la que tanto dice querer y respetar.

            Tenemos un President, al que han tenido que elegir a corre-cuita  (a todo correr), y que estoy segura que la mayoría de los votantes de su propio partido, no sabían ni quién era.  (Imagínate el resto de catalanes a los que va a representar, y a defender…….). Un President cuyos hilos los van moviendo desde el extranjero, y que viene precedido por unas ideas, que en otra época, en otro país, hubieran dado mucho que pensar, y que temer.

            Tenemos una clase política que se tenía que estar dejando los cuernos para devolver la tranquilidad que Catalunya necesita y merece, y para conseguir que volvieran todas las empresas que salieron huyendo ante el anuncio de una separación, que ellos mismos, en petit comité, o en indiscretas conversaciones, reconocieron, con alivio, que: “Menos mal que no siguió adelante”

            Una clase política que se tenía que estar dejando la vida, para que entre sus ciudadanos volviera a reinar la armonía, y no la división y el enfrentamiento. Cuando una parte está en silencio, no es que acepte, es que quiere soluciones que no pasen por los gritos y los insultos.

            ¿No podrían dejar TODOS el fanatismo, la soberbia, la envidia, la avaricia, y la egolatría, y empezar de verdad a buscar esas soluciones? Unas soluciones que, por supuesto, no vienen de la mentalidad de:  “Queremos dialogar, pero sin ceder un milímetro, y haciendo lo que nos dé la gana”.

            Sé que el título hacía referencia a la provocación de las cruces colocadas en las playas públicas, donde todo el mundo tiene derecho a disfrutar y relajarse del paisaje, pero no quiero calentarme más.

            Solo espero que la categoría ciudadana de los catalanes, deje la arena en paz, y que siga sirviendo para lo que tiene que servir: para darle más belleza, si cabe, a nuestras playas, y para hacer de graciosa pasarela entre el mar y la tierra.

            Yo sé que no hay adoctrinamiento entre los niños en Catalunya, pero ¿qué se les dice cuando ven la arena, donde sueñan con hacer castillos, o jugar a la pelota, convertida en un esperpéntico cementerio amarillo?

            Pues sí, al final, la he publicado.