sábado, 7 de julio de 2018

¿GAY O MARICÓN?



           

                      Todos conocemos el famoso chiste. Un chico le dice a su padre: Papá, tengo que confesarte algo: soy gay. El padre lo mira con atención y le dice. Vamos a ver hijo, ¿tú tienes un coche de alta gama? No, responde el muchacho. ¿Tú tienes un piso de 120 metros cuadrados, con piscina? No, repite el hijo. ¿Tú tienes una holgada cuenta bancaria? Pues….no. Entonces no eres gay hijo. ¡Eres maricón!


            Si eres rico/a, eres gay o lesbiana, si eres pobre, eres un maricón  o una bollera. Si eres rico, eres un árabe, si eres pobre, eres un moro. Etiquetas en todo según sea tu estatus, ya no social, si no económico, y tu lugar de procedencia. 

             Si eres un negro africano, posiblemente cuando pases cerca de alguien, observarás que, sin ningún disimulo, se agarra la cartera. Por si acaso. Si eres un negro norteamericano, con tu inglés de pato donald bien marcado, y mascando chicle mientras luces unos blanquísimos dientes, seguramente te harán la ola, con toda la admiración del mundo.

            Estamos en la semana del orgullo gay que se celebra en Madrid y cuyo día cumbre es precisamente hoy. La semana de las reivindicaciones de todo el colectivo LGBTIQ+ 

            Unas siglas que empezaron allá por los años 90 solo como LGB (lesbianas, gays y bisexuales), y que han ido añadiendo letras  a medida que nuevos colectivos han querido también verse representados. Transexuales; Intersexuales; Queer… Aquí ya me he perdido. ¿Qué es Queer? Me he preguntado yo, que no sé ni papa de inglés, (como millones de personas) Mi amigo Google me ha dado la respuesta. Significa: extraño, o poco usual. Ahí lo dejo.  ¿Y el signo +? Pues  quiere indicar cualquier otra identidad que no entre dentro de las siglas anteriores.  

            Más de una vez me he manifestado a través de este blog o de otros medios, que soy absolutamente contraria a los días “de”, porque pienso que lo único que hacen es discriminar. Poner la famosa etiqueta. Más de una vez, también, me han rebatido que a veces ese día “de”, es la única forma de dar luz a una causa o a un colectivo.

            ¿Hace falta un día del cáncer para que todos sepamos que existe? No, pero posiblemente ese día nos sintamos más propensos a dejar un dinero dentro de una hucha, o a hacer una pequeña o gran transferencia bancaria, después de ver una maratón por televisión.

            Bueno, estos días aun los puedo entender. Pero otros…

            Día del orgullo gay. ¿Por qué? El orgullo, y esto es una opinión absolutamente personal, se lleva dentro. El orgullo, como cualidad, no como pecado, te engrandece y te hace estar contento contigo mismo. Cuando estás orgulloso de ser cómo eres, o de lo que has conseguido con tu esfuerzo, no hace falta que lo vayas pregonando a los cuatro vientos. Esa satisfacción interior se refleja en el exterior, y se transmite sin necesidad de publicidades.

            Lo que me imagino que en su momento tuvo su verdadera causa reivindicativa, y por lo que se luchó con la seriedad y el rigor que se requería, no tiene nada que ver con el espectáculo de ahora. ¿Hace falta para decir que estás orgulloso de ser gay, o lesbiana, o lo que te dé la gana, vestirte de mamarracho, hacer el payaso, beber hasta caerte al suelo, y faltar al respeto a los que tú crees que te juzgan, dándoles a entender que te importan una mierda?

            Madrid se viste con los colores del arco iris, y todos los políticos pierden el culo porque se les vea en estos desfiles, y serían capaces hasta de ir encima de cualquier carroza vestidos de lagarteranas. Todos los famosos y famosetes se dan codazos estos días por aparecer en las fotografías, rodeados de personas disfrazadas, que estoy convencida que en su día a día serán completamente diferentes, y seguirán sintiéndose orgullosos de ellos mismos.

            No nos engañemos, a los políticos, como a los ayuntamientos de la ciudad elegida para tal evento, les importa un pito ese orgullo. Por lo único que se frotan las manos es por todo el dinero que van a dejar en su ciudad, o en sus bolsillos. ¿A costa de qué…? Es igual.

            ¿Que todo un barrio, como el de Chueca, queda destrozado por el incivismo de los miles de litros de alcohol, y otras cosas, que se consumirán sin control y sin medida durante esos días? Pues bueno. Aun así, las cuentas salen. ¿Que los pobres vecinos tienen que huir (los más afortunados), de sus casas, para que los decibelios de música, gritos y escándalos, totalmente permitidos hasta casi el amanecer, no les den ganas de tirarse por la ventana?  Pues que se vayan. Total esos no van a hacer gasto. Y los que no puedan marcharse, que se pongan tapones en los oídos.

            Como siempre, cuando tu libertad empieza en el momento en que acaba la mía… ¡mal vamos!

            Para nada estoy en contra de todas las personas que se sienten integradas dentro de estas siglas: LGTBIQ+. Es más, para mí estas siglas no deberían ni existir, porque todos deberíamos ser iguales.

            Yo tengo muchos amigos homosexuales y, curiosamente, ninguno me ha comentado nunca que se siente representado en estas celebraciones. Al contrario. Todo son personas fantásticas, con sus vidas, sus alegrías y sus penas, como todo hijo de vecino, pero que no necesitan reivindicar algo a voz en grito, porque  los logros se consiguen día a día; no llamando la atención, si no comportándote como lo que eres: un ser humano más.

            El otro día, un amigo mío, que hace relativamente poco ha salido del famoso armario, me preguntó a bocajarro si yo era lesbiana.

            La pregunta me sorprendió porque él me conoce desde hace muchos años, y sabe que mis inclinaciones siempre han ido hacia los hombres. Le contesté que, por ahora, no. Dicen que nunca se puede decir: de esta agua no beberé. Al preguntarle entonces yo el por qué de esa curiosidad, me dijo que como me veía feliz, relajada, y a gusto con mi vida, y yo misma le había confirmado que no estaba con ninguna pareja "masculina", a lo mejor la tenía "femenina".

            ¡Ay amigos! Ese tema de que siga habiendo gente que se extrañe de que una persona pueda ser feliz estando sola, requiere otra publicación.

            Si algún día mis preferencias cambian, os lo comunicaré, porque lo único importante es ser honrado con tus propios sentimientos y buscar la felicidad. Esté donde esté.  Pero una vez más, y aunque sé que esta palabra abandera mi vida: con respeto.

            Lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás. Como quieras que te traten a ti, así trata a los que tengas delante.

            ¡Viva el orgullo de ser libre para amar como te dé la gana!










sábado, 30 de junio de 2018

FELICIDADES, CORNELLÀ DE LLOBREGAT

Escaleras mágicas

Aquí está ella: pequeña pero matona. A la chita callando; sin demasiados aspavientos y sin demasiadas propagandas, Cornellà ha sido premiada por la Comisión Europea, con el European Green Leaf Award 2019, o lo que es lo mismo, la Hoja Verde Europea 2019, como reconocimiento a su compromiso en transformarse en una ciudad realmente sostenible, y que lucha por la calidad de vida de sus ciudadanos.

Desde que me vine a vivir aquí, hace ya cinco años y medio, muchas han sido las veces que mis amigos me han dado el cargo de “embajadora de Cornellà”, porque dicen que siempre estoy nombrándola, y alabando todo lo que tiene y todo lo que se hace culturalmente en ella.

Yo pertenezco al barrio de Cornellà Centro, dándome la mano con Cornellà Riera. Dos barrios con solera, y con una enorme personalidad.

Me gustaría poder explicaros, en  pocas palabras, todo lo que veo y siento cuando paseo por mi ciudad.

En mis largas caminatas, sobre todo cuando voy con Nina, puedo coger varias rutas. Puedo cruzar la larga pasarela que conduce hasta el río Llobregat, en donde un montón de caminos se llenan de ciclistas, deportistas, paseantes, o simples amantes de la naturaleza.

O puedo meterme por las huertas donde, cada vez más, observo con alegría como gente joven se está poniendo al frente de unas tierras, ansiosas de ser sembradas.

O puedo pasear por la zona deportiva. Empiezo en una larga calle escoltada por árboles donde, en una parte está el campo de rugby y escuela de atletismo, y enfrente, las pistas de paddel y tenis. Allí está también la Federación Catalana de Tenis y el Centro Internación de Tenis, donde fácilmente te encuentras con tenistas famosos.

Siguiendo el paseo, aparece el espectacular polideportivo con su forma de enorme platillo volante, y al lado la escuela de fútbol y sede del equipo de fútbol de Cornellà, que levanta pasiones, y que de aquí nada estará en primera división, como su “hermano”, el Club Deportivo Español, cuyo magnifico campo, Cornellà el Prat, está justo al lado. ¿Qué os parece?

Verde y deporte; o lo que es lo mismo: naturaleza y gente sana.

Cornellà, donde tanto empeño se está poniendo para que sea una ciudad para el ciudadano de a pie, está rodeada de parques, plazas, placitas y lugares donde pasear, o sentarte en un banco a verlas venir.

Mi placita
Mi plaza favorita, la que me tiene robado el corazón desde que la descubrí al poco de estar viviendo aquí, se llama: la Plaça dels Enamorats, y su belleza va cambiando con las diferentes estaciones del año.

Se esconde tímidamente detrás del auténtico corazón de la ciudad: el ayuntamiento, la alcaldía y la iglesia de Santa María.

Una de las formas de acceder a ella es a través de unas bellísimas escaleras de piedra, que últimamente nos tienen a todos los cornellanenses en pie de guerra, porque corren malas lenguas de que quieren quitarlas para poner una escalera mecánica. Espero que esta iniciativa quede anulada.

¿Y los parques? Si no lo conocéis, tenéis que venir a ver el de Can Mercader, y si es un domingo, mejor, porque es cuando están a pleno funcionamiento los trenecitos (para peques y no tan peques) de todos los modelos, desde los de madera, que van atravesando alegremente el impresionante parque, mientras van haciendo sonar sus pitidos.

Museo de las aguas
A mí, que soy más intimista y ya sabéis que huyo de las aglomeraciones, me encanta uno de que está muy cerquita de mi casa: El museo de las aguas. Es pequeñito porque prácticamente lo que más espacio ocupa es el magnífico museo (imprescindible ver el funcionamiento de su espectacular máquina de vapor que servía a principios del siglo XX para generar electricidad).

Cines, auditorio, teatro, magníficas bibliotecas (Cornellà está considerada: ciudad de la lectura)…

Pero sobretodo: vida en las calles y amor a las tradiciones. Cuando no hay fiesta en un barrio es porque la hay en otro. Fiestas tranquilas, en paz  y luchando por la igualdad y el respeto, a todos los géneros y a todas las personas.

Sí amigos, estoy orgullosa de vivir en esta ciudad donde me siento querida  y plenamente integrada.

Fijaros si a veces me embobo paseando por ella, que hay unos árboles, que no sé cómo se llaman,  plagados de flores amarillas, que no me canso de mirarlos, aunque sé que muchos conductores protestan cuando van a coger sus coches aparcados y se encuentran con la capota casi teñida. 

¿Sabéis la magia que supone, en un día de viento, ver cómo van cayendo estas flores como si fueran copos de nieve de oro? Pueden llegar a formar inmensas alfombras doradas.

Adoro la naturaleza. Me da vida y me carga las pilas. Por eso ahora, aquí, lejos de aquellos 17 carriles que tenía delante de mi antigua casa en Barcelona; lejos de las marabuntas de turistas que invadían mi espacio (era el precio  a pagar por vivir cerca de la Sagrada Familia); lejos de las prisas por todo, hasta por ir a comprar el pan un domingo por la mañana; lejos de los miles de coches; lejos de todo eso, soy la mujer más feliz del mundo.

Gracias Cornellà, por acogerme, y por darme la paz que tanto necesitaba. 

¡GUAPA!






sábado, 23 de junio de 2018

FELIZ VERBENA. FELIZ VERANO. FELIZ DESPARRAME DE LUZ Y SONIDO



        Estaba releyendo la publicación que hice en este blog el último San Juan,  y me parece imposible que haya pasado ya un año. Sé que el tiempo vuela, pero ¿tanto? Claro que desde que dejé de trabajar, hace más de cinco meses (¡madre mía!), he perdido absolutamente la noción del tiempo. Ahora disfruto con la maravillosa pregunta que me hago a mi misma: ¿Qué hora debe ser? Ja,ja,ja. ¡Libertad!

            Pero de lo que no puedo escaparme, es de saber que ya está aquí el adorado y odiado verano. A partes iguales.

            Para muchas personas es una época añorada durante todo el año. Una época que implica sobretodo las maravillosas vacaciones. Que por fin, por unos días, se dejará atrás la rutina, el ver las mismas caras, un día tras otro, y se intentará dar rienda suelta a todos esos sueños acumulados durante once meses.

            A todos los que vais a poder coger los trastos y marcharos muy lejos, o muy cerca, pero que vais a desconectar de lo habitual, os deseo que seáis muy felices, y que las horas se estiren para que los días parezcan mucho más largos.

            Pero no hay que olvidar esa otra parte de la humanidad que nos rodea, la que nos encontramos cada día en el metro o en el súper, y a la que el verano para ella significa la tristeza de no poder hacer lo que su cuerpo y su mente necesita. Esa humanidad que, por problemas económicos o de salud, tendrán que pasar los tres meses largos esquivando, como puedan, el calor, y sobre todo la euforia de los que piensan que todo el mundo puede irse de crucero por el Mediterráneo, y no disimulan su estupor cuando, tras la impertinente pregunta: “Y ¿dónde te vas de vacaciones?” escuchan la respuesta… “A ningún sitio”

            Cruel sociedad esta de consumo que nos está volviendo devoradores de sentimientos. Que nos hace creer que somos mejores que el que tenemos al lado, por el mero hecho de poder colgar en Facebook muchas fotos, absurdas y ridículas, de lo bien que lo estamos pasando, lo felices que somos, todo lo que comemos, y todo lo que gastamos.

            Siempre me pregunto lo mismo. Si nos dijeran: "Puedes hacer el viaje más increíble de tu vida. Todo pagado, pero no puedes comentarlo con nadie, ni enviar una foto a nadie" ¿lo haríamos?


            ¡Ay amigos!,  y aquí está la maravillosa verbena de San Juan. Ya faltan pocas horas para que los petardos, las tracas, los zambombazos, y los sustos tomen las calles. Mi solidaridad con todos los que tengáis mascotas.  Mucho cuidado, por favor, al sacarlas a  la calle, porque el pánico puede hacer que se suelten.

            Y no es que no me guste esta verbena. Fijaros, hoy es mi santo, y aunque un día como hoy, mi madre decidió ir a celebrar su verbena particular con todos sus seres queridos, que ya la estaban esperando en ese mundo de paz y de amor, lo celebro con alegría: la coca, el cava, la luz de este día, el cariño de los míos…

            Claro que me gusta la fiesta, pero no puedo, y reconozco que cada vez menos, con los ruidos. Al final he llegado  a creer que donde mejor debería estar, es en alguno de esos monasterios de clausura donde impere la ley del silencio.

            ¡Uh!, no me veo. Una cosa es tener fobia a los ruidos, a los gritos, al volumen exacerbado de la gente para hablar, hasta con el que tiene al lado,  y otra el silencio absoluto. No. Reconozco que no soy una gran habladora, pero me gusta comunicarme.

            San Juan, su verbena, es sinónimo que una parte del año, para muchos la peor, ya ha pasado.

            Los niños, felices de empezar sus larguiiiiiisimas vacaciones (que se lo digan a los padres y abuelos que van a tener que hacer encajes de bolillos para que esos super activos críos, a los que se les ha soltado ya la cuerda de los horarios y clases, puedan desfogarse a gusto).

            Los jóvenes, soñando con unos meses de diversión, locura, fiestas populares, y sobre todo con esa puerta abierta al maravilloso amor de verano, que aunque seguramente durará lo que dure el cantado solsticio, jamás lo olvidarán.

            Y los que ya no somos tan jóvenes, los que hasta empezamos a olvidar ese amor de verano, o comenzamos a dudar que alguna vez existiera, la llegada de esta época nos transmite la sensación (aquí dejo que cada lector haga su propia lectura) que el día se alarga. Que tenemos más horas en el reloj. Que tenemos más tiempo para hacer cosas, o para no hacer nada.

            Cuando llegan esas épocas, en las que a las cinco de la tarde es casi de noche, nos hace el efecto que ya se ha acabado el día; que a partir de esa hora ya nada está abierto, o simplemente no apetece más que llegar a casa.

            Ahora miramos el reloj, rodeados de un sol que ya va a descansar, pero que todavía  tiene ganas de juerga,  y aunque sean las nueve de la noche, decimos. “¡Ah!, es pronto aun”.

            Al nuevo gobierno, por si cuela, le pediría que aprobara  un decreto para que el sol, en pleno diciembre, siga iluminándonos, tranquilo y acariciador, hasta que nos vayamos a cenar.

            Amigos y amigas,  Joanas y Joans, Juanas y Juanes, muchas felicidades, y ojalá este sea uno de los veranos de vuestra vida.

sábado, 16 de junio de 2018

AL OTRO LADO DE LA TRAGEDIA


            
             Hay semanas que me cuesta encontrar un tema para el blog, y hay otras, como esta, en la que los acontecimientos se agolpan.

            Quería escribir, a modo de segunda parte de la publicación de la semana pasada, sobre el efímero recorrido del ministro de cultura. Si hace siete días el título fue: “Buenos días señor ministro”, hoy hubiera pegado: “Adiós señor ministro”.

            Pero pienso que es un tema que no me produce ningún tipo de sentimiento. Ya se sabe, la mujer del César no solo tiene que ser decente, si no aparentarlo. “Caza de brujas”. “Jauría que se oculta tras los medios de comunicación”. “Injusticia”…

            A mí jamás se me ha ocurrido esconder ni un solo euro a la hora de hacer mi declaración de hacienda. Primero porque siempre he estado absolutamente fichada, a través de una nómina, y segundo porque,reconozco, que soy una “cagada”, y prefiero adelantarme a pagar, antes que me llegue una carta certificada “invitándome” a hacerlo.

            Como tema anecdótico, está el cese del seleccionador español y fichaje del entrenador del Real Madrid, que ha coincidido en la persona y en el tiempo, pero…¡paso! porque, como al ex ministro de cultura y deporte, el fútbol me la trae al pairo (mala época para mí estos días)

            Sin embargo, llevo días siguiendo con atención, y por qué no decirlo, con cierto temor, la aventura del Aquarius. Lo siento amigos, pero lo veo todo como un tremendo montaje.

            Estoy segura que si este gobierno llevara dos años ya en el poder, y estuviera gobernando sin demasiados sobresaltos, el barco seguiría navegando sin rumbo.

            Por supuesto que me alegra muchísimo que hayan tomado la decisión de darles buen puerto en Valencia. Espero que no se quede todo en una foto de bienvenida. Espero que haya un seguimiento real de las personas que desembarcarán mañana. Espero que ayuden a que la pesadilla de quienes tienen que abandonar sus hogares, se acabe. Espero… pero no confío.

            Ayer hablaba el alcalde de Valencia, y decía que solamente Cruz Roja y el personal especializado en este tipo de situaciones estarían presentes para recibir a los migrantes. Que no era cuestión de que se encontraran con todo un circo montado a su alrededor. Que sobraban los políticos, y que lo que se estaba intentando era que personas, sobretodo africanas afincadas en España, los recibieran para que se sintieran más como en casa.

            Sigo sin confiar. Deseo que le Aquarius no sea la nueva atracción de feria que cuando ya se ha pasado la euforia de las fiestas, la desmontan, nadie más se acuerda de ella, y se tiene que ir a otro sitio.

            Hoy mismo avisaban desde Andalucía, que en estos días están llegando tantas pateras que están totalmente desbordados, y pedían ayuda. ¿Qué diferencia hay entre unos y otros? ¿También hay migrantes de primera y de segunda?

            Pero os tengo que confesar que esta semana ha habido algo que me ha revuelto las entrañas. Ayer me llegó por mail, como cada semana, el blog del alcalde de Cornellà, Sr. Antoni Balmón. Me gusta lo que cuenta, y cómo lo cuenta.

            Tenía dos publicaciones, y una de ellas me llamó la atención. Precariedad con un final trágico. Tras leerlo me quise informar más, y busqué por las redes la noticia.

            El pasado jueves, Jordi, un electricista de 45 años, ante el inminente desahucio de su piso de alquiler, se suicidó.

            Titular frío y escueto. ¿Y detrás?

            La historia de un hombre que en su momento tuvo su trabajo de electricista; tuvo la ilusión de alquilarse un piso, en una de las muchas casas colmenas que hay en San Ildefonso, una poblada barriada obrera de Cornellà, y de llevarse a su chica a empezar una nueva y maravillosa vida. Sueños simples, como tenemos todos.

            La suerte se le giró, como a miles de personas. Perdió el trabajo, y esa maravillosa vida le mostró su peor cara.

            Dicen que buscó desesperadamente otro trabajo. Cualquier cosa que le hiciera entrar dinero en su casa. Tenían que vivir, y no querían perderla. Cuentan que iba con su bicicleta arriba y abajo ofreciéndose a arreglar desde un grifo, hasta cargar muebles en una mudanza. Lo que fuera.

            Los meses iban pasando, y su deuda con el “casero” aumentando, al no poder hacer frente al alquiler. Era comer o pagar la casa. Si difícil es convencer, o intentar que una persona comprenda tu situación, y tenga la suficiente caridad como para esperar un mes más, tarea imposible cuando quien hay detrás de un teléfono, porque nunca darán la cara, es una entidad bancaria.

            El Ajuntament de Cornellà, adonde Jordi acudió pidiendo ayuda, consiguió parar el primer intento de desahucio, y solicitó parar también los otros dos posteriores, alegando la precaria situación económica de Jordi. No lo escucharon.

            El jueves, un comité judicial llamó a la puerta de su casa para sacarlos definitivamente a él y a su chica. Un perro pequeño, un cachorro que, o se habían encontrado, o alguien se lo había regalado para intentar aliviarles las penas, ladró alegremente ajeno a la tragedia que se encontraba tras esa llamada.

            Jordi se negó a abrirles. Quería quemar sus últimos cartuchos. El comité judicial requirió la presencia de los mossos de escuadra, quienes le pidieron que abriera para no complicar todavía más la desagradable situación. Se tenían que ir ya, si no por las buenas, por las malas.

            Jordi, vencido, les dijo que les iba a abrir, y que esperaran un momento en el rellano. Dio media vuelta; quizás acarició la cabecita del cachorro, quizás miró los desesperados ojos de su chica; entró en su habitación, y lo que realmente abrió fue la ventana de su décimo piso desde donde se arrojó al vacío, encontrando así la única solución a su problema.

            Los gritos de su compañera: “Se ha tirado. Se ha tirado”, hicieron que la comitiva judicial y los mossos bajaran corriendo los diez pisos, y al llegar a la calle se encontraran un cuerpo, ya propiedad del banco (es lo único que consiguieron), y deseo con todo mi corazón, que un alma liberada de la ambición y crueldad de un sistema financiero al que todos ayudamos a mantenerlo.

            Estoy segura que a la chica y al cachorro les encontrarán una nueva casa, aunque no sea más que para acallar conciencias. Sé que el Ajuntament de Cornellà va a tomar acciones legales ante los propietarios del inmueble, por no haber hecho caso a sus peticiones de frenar el desahucio.

            Si hay semanas que el corazón se encoge, esta es una de ellas.

            Yo podría ir en ese Aquarius, porque yo no soy más que cualquiera de las personas que van en él. Simplemente el destino ha hecho que  naciera en otro lugar.

            Yo podría haber sido esa persona desesperada, a la que la oscuridad de su vida le mostró una pequeña luz en el vacío de un salto mortal.

            Doy gracias a Dios por, una vez más, estar al otro lado de la tragedia.






sábado, 9 de junio de 2018

BUENOS DÍAS SEÑOR MINISTRO


El miércoles pasado mi hermana me mandó un whatssap preguntándome si me había enterado de que Màxim Huerta era el nuevo ministro de cultura.

La verdad es que no había escuchado nada, y esta noticia me sorprendió mucho. Ella me lo preguntaba porque, anecdóticamente, Màxim Huerta había estado en Logroño, la víspera de la presentación de mi libro, precisamente en el mismo lugar,  presentando el suyo. ¡Qué cosas! Un poco más, y me hacen ministra a mí.

Qué cara hubiera puesto Màxim Huerta, si en aquella presentación alguien le hubiera dicho. “Justo de aquí un mes, estarás sentado en el sillón del ministro de cultura. Pero no porque le hayas ido a hacer una entrevista, o hayas ido a hablar de la promoción de tu novela, y como gracia te hayas sentado en su sillón. ¡No, no, no! Estarás sentado en su sillón, porque tú serás el nuevo ministro de cultura.

Y cuando sus carcajadas hubieran llegado hasta la mismísima Calle Laurel, provocando que los cientos de riojanos que estaban con la tapa o el rioja en la mano, se quedaran expectantes  pensando, de dónde venían aquellas exageradas risotadas, le hubieran ampliado la información…”Y de deportes”.

Aquí en cuando Màxim Huerta se hubiera caído de la silla de la preciosa librería de Santos Ochoa.

Pues así es la vida, amigos. Sorprendente, loca, disparatada e incontrolable.

A veces tengo la sensación que este tipo de “encargos”  son como una especie de regalos envenenados.

Aún así, estoy segura que miles de personas habrán perdido, pierden y perderán el culo por recibirlos. Parece que la palabra “ministro” lleva implícito la sensación de poder, privilegios, atenciones, y un nivel de vida, normalmente, superior.

¿Quien duda que para ellos siempre habrá una buena butaca en el mejor palco para ver ese espectáculo, del que ya no quedan entradas desde hace meses?

¿O esa mesa en el restaurante de moda, donde hay que reservar casi con un año de antelación?

¿Cuánta gente que hasta ese día los ignoraban, o los trataban con indiferencia, ahora se pondrán, si es preciso, de felpudo para que se limpien los zapatos antes de entrar en sus casas?

Los amigos de verdad los llenarán de felicitaciones y, los amigos de no verdad, intentarán acercarse nuevamente a ellos para darles una palmada en la espalda, que corrobore que siguen siendo íntimos.

Bueno, esto quizás sea más difícil, porque a partir del día en que alguien te marca con el dedo ejecutor y dice: “Tú,  ministro”, se acabó el ir por la calle con los cascos puestos escuchando tu música preferida, o el sentarte con tu “churri” en una terraza a tomarte tranquilamente una horchata. A partir de ese día estarán siempre acompañados, discretamente, por unas personas cuyo único objetivo en la vida, será el protegerlos de las falsas palmadas en la espalda.

Y yo me pregunto ¿qué hace un ministro cuando llega a su ministerio?

De entrada, no conoce ni el lugar, ni donde están los lavabos… ¡Ay que tonta!, él tendrá uno privado en su despacho. Ni donde está la máquina del café…  ¡Ah no!, que se lo llevarán bien calentito en cuanto marque una tecla del teléfono.

Llegará allí, se sentará en su mesa (los más cursis colocarán la foto familiar), se dará un par de vueltas en su sillón, como si estuvieran en un tío vivo, mientras contemplan la panorámica del despacho, mirará por la ventana la privilegiada vista que se enmarcará como un cuadro digno del Museo del Prado (no nos olvidemos que estamos en Madrid), y posiblemente se distraerá abriendo los vacíos cajones de su mesa. Y  ¿cuándo empezará a trabajar? ¿Quien le dará el trabajo?

El otro día escuche en una radio “seria”,  algo que me dejó estupefacta. Aseguraban que los antiguos ministros se llevaban toda la documentación relativa a su ministerio. Es decir, todo el trabajo realizado, o pendiente de realizar.

“Si hombre, encima que me echan voy a dejarle a mi enemigo todo lo que llevo trabajando desde hace meses. ¡Y una porra!”

Lo que tengo muy claro es que, como siempre, el jefe, si no tiene un gran equipo detrás, no vale nada.

Los ministros, si no fuera por toda una serie de trabajadores, hartos ya de ver pasar caras nuevas cada cierto tiempo, que saben perfectamente todo lo que conlleva ese ministerio, serían unas simples figuras decorativas.

A todos los nuevos ministros y ministras (que manía les ha entrado ahora. La lucha por la igualdad se demuestra con otras cosas) les deseo lo mejor. Primero, por mi propio bien y el de los míos, y luego por el de ellos, que ¡pobrecitos!, de entrada, no me han hecho nada malo. Por ahora.

Màxim Huerta comparte conmigo la pasión por las letras. Es un excelente escritor,  y espero que la magia de la literatura, y de la felicidad que proporciona el dejarte llevar por tus propios personajes y por sus historias, contribuya a que consiga colocar la cultura en este país, en el lugar que le corresponde. Un país que le da la espalda a la cultura está abocado al fracaso y a la mediocridad.

Lo del deporte…. Lo vamos viendo ¿vale?