sábado, 6 de octubre de 2018

MIS RECUERDOS CON MONTSERRAT CABALLÉ



Hay una famosa frase que dice: Dios te libre del día de las alabanzas.

Efectivamente, cuando de repente te conviertes en la mejor persona del mundo; la más simpática; la más inteligente; la más…. Cuando todos comienzan a hablar maravillas de ti…¡Malo! Ya no estás entre los vivos.

Sin embargo, las grandes frases también tienen sus excepciones, y hoy es uno de esos días en que se cumple.

Hoy, absolutamente todas las cadenas de televisión, las emisoras de radio, los periódicos digitales, y los ciudadanos de a pie,  alaban la irrepetible voz y personalidad, de una de las mayores artistas que ha tenido la música, y en especial la ópera.

A estas alturas nadie va a descubrir a Montserrat Caballé. Todo está dicho. Todo está escuchado.

Sabía que estaba muy delicada de salud. Su vida ha sido un ir jugando con ella, y un ir venciendo todos los obstáculos que le iba poniendo en su camino. “La Caballé” ha sido una mujer que si habría que unirla a una palabra sería: luchadora.

¡Tengo tantos recuerdos de ella! ¡Han sido tantas las tardes y noches en que he salido entusiasmada del Liceo, después de vivir el éxito de sus funciones!

Ahora me doy cuenta de la suerte que he tenido. Yo pertenezco a esa generación que ha vivido de cerca a los grandes divos de la ópera. Yo he podido ser testigo de noches inolvidables de Caballé, Plácido Domingo, Josep Carreras, Jaume Aragall, Alfredo Kraus,  o hasta, por una sola vez, Luciano Pavarotti.

El pleno apogeo de Montserrat Caballé me pilló en mi época de estudiante de canto. En esa época en que iba prácticamente cada día al Liceo. Todas las funciones tenían su encanto, pero el día que cantaba “la Caballé” todo se teñía de otro color.

El ambiente dentro y fuera del escenario; dentro y fuera del teatro, era diferente. Había una excitación y una emoción contenida que cortaba hasta la respiración.

A Montserrat Caballé me unen tres tipos de recuerdos. Las óperas en que la disfruté desde la butaca del teatro, como Norma, Andrea Chenier, Tosca, Salomé o Turandot.

Las operas que “viví” a su lado, cuando tuve la suerte de salir de figurante, como en Aída (la mítica con Plácido Domingo). Y sobre todo el recuerdo de la audición privada que me hizo en su casa, gracias a un gran amigo común.

No se me olvidará jamás los nervios que yo llevaba, su cariñoso recibimiento, su sencillez, y ese ambiente que se respiraba en su casa. Su estudio tenía toda la magia de un teatro.

Le llevé como agradecimiento a su enorme deferencia, un perrito de peluche que le encantó, y que al cabo  de unos años vi en un reportaje que le hicieron en una revista. No sé si seguirá en su casa; si habrá sido mudo testigo del paso de los años, y de la última representación en la vida de una de las mujeres más grandes de la música. Una mujer que llevó por todo el mundo, y con enorme orgullo, su nacionalidad catalana, sin dejar de ser universal.

Me imagino a Pavarotti preparándole unos buenos espaguetis para recibirla. ¡Vaya dúos que harán a partir de ahora!

Gracias señora Caballé por haber formado parte de mi vida.

sábado, 15 de septiembre de 2018

MI QUERIDA NINA... ¡GRACIAS!


¿Quien dice que el corazón no duele y el alma no sangra?

No, mi querida Nina, no quiero ponerme triste. Tú sabes mejor que nadie el vacío físico que has dejado en mi vida. Físico porque tus enormes y bellos 40 kilos ya no estarán en la puerta esperándome cuando llegue a casa; porque tus inmensos ojos color miel ya no me miraran somnolientos, cuando por la mañana me despierte y os salude con el típico: “Buen giorno cariños”. Físico porque la calle ya no será la misma si no puedo ir paseando contigo. Físico porque ya no podré achucharte y decirte: “Ay que me llenas de pelos…”

Esa parte física es la que duele. ¿Sabes? La de la ausencia, la de la falta de contacto. Esa es la parte que más desgarra y que te hace sentir  un vértigo en el estómago al pensar: No podré superarlo.

Pero sé que hay otra parte que nada ni nadie puede destruir, porque se ha quedado grabada a fuego en mi corazón: los recuerdos de la vida compartida.

Te lo he estado diciendo estos últimos días, tan difíciles, porque necesitaba que escucharas en voz alta lo que, quizás, yo daba por sentado que sabías: “Te quiero mucho, y perdóname por ser una humana, con todo lo malo que ello comporta”

No hemos podido estar demasiado tiempo juntas. Dos años y medio que se me han hecho cortos. Sé que has sido feliz; que has tenido paz, tranquilidad, amor y compañía. Sé que has estado a gusto conmigo, porque cada vez que se encontraban nuestras miradas movías con parsimonia tu enorme rabo, que jamás conseguí que levantaras.

He tratado, por todos los medios, que dejaras atrás tus miedos, pero dentro de ti anidaban tantas malas experiencias que te ha sido imposible olvidarlas. He intentado protegerte de todo lo que sabía que te asustaba, pero cómo luchar con una simple hojita que cae de un árbol, o unos niños que corren alrededor…

Ninona… aunque tú no te lo creas, porque tu timidez te ha impedido darte cuenta de todo lo que valías, has dejado a muchísima gente queriéndote. Nadie que te haya conocido ha podido dejar de sucumbir a tu halo de bondad. Esa limpia mirada llena de lealtad y de ansia de cariño, ha calado en todos los corazones con los que te has ido encontrando a lo largo de tu vida. Sé que ha habido gente que te ha hecho daño, pero esas son alimañas que, estoy convencida, se encontrarán más, tarde o más temprano, con su castigo.

Has tenido dos hadas madrinas que te han adorado  desde el mismo momento en que te vieron. Mónica, para quien siempre serás su “Rubia sevillana”, y Eulalia, a quien la palabra “Preciosa” irá unida para siempre a tu nombre.

Maià anda muy despistada y, aunque no os hacíais excesivo caso, te encuentra mucho a faltar. Tendré que darle doble ración de besos.

Ni niña grandota, como he dicho siempre cuando han partido seres a los que quería… Tú no te has ido, simplemente vas por delante mío en el camino que todos tenemos que recorrer. Espérame,  ya libre; sin miedos, y con el rabo bien alto. Todo mi amor.

sábado, 28 de julio de 2018

AGOSTO, O LA TERRIBLE SENSACION DE ORFANDAD




           
            Faltan tres días; tan solo tres días para que comience Agosto. Un mes cuyo solo nombre, para miles o millones de personas, es sinónimo de ilusión por la llegada de las merecidas vacaciones, o al menos del merecido descanso


            Agosto abre las puertas a todas esas cosas, que durante el año se han ido reprimiendo, con mejores o peores resultados. Con el calor llaga la desinhibición. Apetece ir más destapado. Mucho más destapado. Apetece hacer más el amor, o como cada uno quiera llamar a esa liberación de testosterona. ¡Ay las siestas veraniegas!

            Sí, Agosto es idílico, para  una parte de la sociedad.

            Yo, por llevar la contraria, estoy en la otra parte. Quizás porque, voluntariamente, jamás he hecho vacaciones en este mes, lo único que me provoca su solo pensamiento, es una terrible sensación de orfandad; de sentirme sola y desprotegida.

            En Agosto parece que medio mundo desaparece: la familia, los amigos, los vecinos,  los tenderos… Tenemos la impresión que se apaga el interruptor de la vida cotidiana; del día a día en el que nos movemos con comodidad y tranquilidad.  (Rutina=equilibrio).

            En Agosto la propia sociedad nos obliga a cambiar los hábitos, queramos o no.

            Cuando solo faltan tres días, empiezo a rezar y a poner velas a todos los santos; como nunca sé cuál es el encargado de cada cosa, por si acaso, se la pongo a todos.

            Velas para que, en estos treinta y un días, no necesite un médico, porque la respuesta cuando llame a mi mutua (de la seguridad social, ni hablamos) será la misma: “Pero ya hasta septiembre nada. No visita ninguno”.

            Velas para que no me dé un dolor de muelas, o se me tuerza un tobillo, porque si consigo que alguno me visite en un centro de urgencias, me encontraré con el suplente, que suple al que suplía al médico titular.

            Velas para que a mis dos perras no les pase nada. Mi querida Pilar tiene todo el derecho del mundo a coger tres semanas de merecidísimo descanso, pero yo, a partir del próximo lunes,  estaré tachando en el calendario los días que faltan para que vuelva, como si fuera un preso anhelando su puesta en libertad. A Pilar, gracias a Dios no suelo “usarla” mucho, pero sé que está ahí. Y es que los veterinarios son, para los que tenemos mascotas, como los pediatras para los papás.

            Empezaré a poner velas para que no se me estropeé ningún electrodoméstico. ¡Por favor, por favor!, que la lavadora no comience a perder agua; o la nevera a no enfriar, porque ahí sí que, directamente, más vale ir a comprar una nueva.

            Comenzaré a ir por la vida de puntillas, deseando ser casi invisible, para que esas fuerzas inoportunas que nos controlan, ni se enteren que existo.

            Agosto, mes en que hasta los programas preferidos de radio y televisión desaparecen, o toman sus riendas sustitutos, la mayoría de veces con mucho menos bagaje, y muchas más ganas de destacar, mezcla esta que puede resultar explosiva, según en qué manos caiga.

            Si hasta mi querido Jordi Hurtado se va de vacaciones….

            Uno de mis ritos, de feliz mujer “libre”, consiste en después de comer, prepararme un café con hielo, de los especiales de Nespresso, sentarme en el ancho brazo del sofá, con una extraña postura de medio yoga que me gusta mucho, aunque casi siempre acabo con una pierna dormida, y ver “Saber y ganar”; el programa de preguntas más longevo de la televisión. La mayoría de ellas, imposibles de responder para mentes medianas como la mía, pero que me distrae y, de vez en cuando, aprendo algo. Pues hasta eso que, al fin y al cabo, son programas grabados, también se van. Supongo que  a partir del lunes tirarán de hemeroteca.

            En fin, no puedo nadar contracorriente. El tiempo es el tiempo, y hay que dejarse llevar por sus aguas.

            Pero como hay una parte de mi que siempre ve la botella medio llena, pienso que ya queda menos para salir un día a la calle, y encontrarme con este maravilloso cartelón, de unos grandes almacenes, que me hará dar un brinco de alegría en el corazón: LA VUELTA AL COLE.

            A los que vais a disfrutar de este mes de Agosto haciendo un paréntesis en vuestra rutinaria vida: ¡Felicidades! Disfrutar mucho, y dejaros llevar. A ver si conseguís llegar al maravilloso estado de aburrimiento temporal, aunque solo sea por unos minutos; será señal que no estáis haciendo nada. Il dolce far niente. ¡No saben nada los italianos!

            Y a los que seguís trabajando, o seguimos en nuestras casas, con nuestra vida cotidiana: ¡Paciencia! Al menos, disfrutemos de las horas de claridad y, ¿por qué no?, de las maravillosas “siestas veraniegas”.

sábado, 21 de julio de 2018

ANGELETA “ COMPRE MIGAS DE PAN…”


            
No quiere fotos, ni entrevistas, pero le gusta que le pregunten, y sobre todo, le gusta contar su vida.

            Angeleta es una señora que tiene cerca de noventa años. Muy, muy delgada. Los bracitos parecen ramas que se vayan moviendo con el viento. Tiene un abundante cabello, que para muchas lo querríamos. Lo lleva corto, y le da un cierto  aire de niña traviesa. Los ojos muy grandes y hundidos, que se clavan cuando te miran. Ojos vivos como los de las águilas, siempre pendientes de lo que tienen alrededor.

            La delgada carita, acaba prácticamente en una aguda nariz. Hace muchos años que debió dejar sus dientes perdidos en algún lugar, y la boca se ha ido acostumbrando a encogerse hasta casi desaparecer. La puntiaguda barbilla acaba de configurar un  rostro difícil de olvidar.

            Me acuerdo que lo que más me llamó la atención el día que la conocí, fueron sus piernas y sus zapatos. Unas piernecitas como débiles cañas de bambú, protegidas por gruesas medias de lana, que asomaban desde la pantorrilla que es donde acababa el viejo abrigo que llevaba. Iba calzada con una especie de botas militares. Se veía más pie que cuerpo. Eran botas recias, preparadas ante cualquier inclemencia meteorológica, y ante cualquier terreno.

            Era invierno, sobre las diez de la mañana. Yo estaba paseando con Nina por el camino que hay atravesando las huertas. Las hay de todo tipo, desde las que claramente están abandonadas, a merced del tiempo, hasta las que se puede escuchar el kikiriki de los gallos. Una de ellas, que tiene una bonita entrada, está casi siempre custodiada por varios gatos que, según la estación del año, se tumban al sol, o se refugian debajo de un árbol, o entre los arbustos y matojos que acompañan el camino.

            De vez en cuando, algún pequeño nuevo miembro, aparece en el grupo. Cuando nos ven pasar, generalmente ni se mueven. Se erizan un poco marcando su terreno, pero simplemente se dedican a seguirnos con la mirada.

            El día que conocí a Angeleta, esta pasividad desapareció. A medida que ella se iba acercando, comenzó a emitir una especie de silbido, que provocó la salida en masa de todos los gatos. Yo creo que los de aquella huerta, y alrededores.

            No me acuerdo si ese día Angeleta ni siquiera se fijó en mi. Solo tenía ojos para sus gatos. Me fui volviendo, y me quedé un rato observando el maravilloso espectáculo de ver como ella los iba llamando, a cada uno por su nombre (no sé si el real o el que ella les había puesto), y cómo todos la rodeaban para recibir la comida que les iba dejando en el suelo, mientras repetía con una pequeñísima voz: “Despacio, que hay para todos….”

            Tardé un par de semanas en volver a verla. Esta vez el encuentro fue un poco antes y pensé: “No te me escapas”.

            Ya me conocéis. Me encanta preguntar, y me fascinan las vivencias de la gente mayor. Posiblemente, si hubiera ido sola no hubiera conseguido ni la mitad de la información, pero Nina, con su cara de tristeza y de bondad, se la cameló. Y ahí entré yo.

            Me dijo que llevaba toda la vida dedicada a los gatos. Que amaba a todos los animales porque (frase insignia de todos los animalistas), ellos le daban mucho más cariño que algunas personas.

            Que se levantaba cada día a las cuatro de la mañana para limpiar su casa, y que a las seis salía por la puerta, fuera invierno, primavera, verano u otoño, para empezar un recorrido por todos los lugares donde había colonias de gatos. En huertas, polígonos, puentes, zonas urbanas o rurales. A veces cogía el tranvía y otras caminaba los kilómetros que hicieran falta. “Muchos días llego a casa a las cinco de la tarde”.

            Me enseñó todo el “menú” que llevaba en el destartalado carrito de la compra. Desde pienso de bolitas, hasta pollo hervido, latas de atún y sardinas, y alguna lata de pienso en paté. “Estas son para lo que están malitos o no pueden masticar bien”

            Le pregunté quién pagaba todo eso; si tenía algún tipo de ayuda. Su aspecto denotaba que no nadaba en la abundancia. Me miró como dolida por la pregunta, y moviendo la cabeza me respondió con orgullo: “Yo lo pago todo. Yo quiero hacerlo. Son mis animales”. Cerró el carro, y siguió adelante dando por zanjada la conversación. Sí; quizás mi pregunta la había molestado.

            Pasó un mes hasta que me la encontré de nuevo, y esta vez lo hice mientras paseaba con Maià.

            Se detuvo a mirarla, y sus ojos se dulcificaron al ver el caminar lento e inseguro que tiene ahora la pequeña, desde que está cieguita. Aquella tarde tenía ganas de hablar. Me repitió que se levantaba a las cuatro, y hubo algo que me hizo mucha gracia porque ya me lo había comentado la otra vez. Que casi cada día, antes de salir de casa, limpiaba los azulejos de la cocina.  “Pero no se crea que son bajitos. Son…. hasta así de altos”. Y señaló la altura de una puerta cercana.

            Angeleta es de esas personas que me encantaría poder estar hablando con ella, mejor dicho, escuchándola, horas y horas, porque estoy segura que la historia de su vida, o al menos de como ella la ha vivido, y la está viviendo, es impresionante.

            “No me duele nada. Bueno, ahora, algún día, un poco las piernas, pero no las hago caso. Soy muy mayor ¿sabe?, pero tengo muchas cosas que hacer”.

            La vi la semana pasada en el súper. Llevaba un tetrabrik de leche y una lata de aceitunas. Me reí porque le insistió varias veces a la cajera, si aquellas aceitunas eran de las que estaban rellenas de pimiento. La cajera tras comprobarlo se lo confirmó, ante su satisfacción. ¿Serían para ella, o para algún gatito gourmet?

        Al salir del súper las palomas la rodearon. ¿Os acordáis de aquella escena de Mary Poppins donde hay una mendiga en la plaza de la Catedral que canta pidiendo dos peniques para comprar migas de pan para las palomas, mientras éstas revolotean a su alrededor? Pues Angeleta me lo recordó. Llevaba en la mano una bolsita con pienso para ellas, y fueron acompañándola hasta una plaza donde, me imagino, que se las dio.

          
            Amigos, ojalá todos pudiéramos poner una Angeleta en nuestras vidas.


sábado, 7 de julio de 2018

¿GAY O MARICÓN?



           

                      Todos conocemos el famoso chiste. Un chico le dice a su padre: Papá, tengo que confesarte algo: soy gay. El padre lo mira con atención y le dice. Vamos a ver hijo, ¿tú tienes un coche de alta gama? No, responde el muchacho. ¿Tú tienes un piso de 120 metros cuadrados, con piscina? No, repite el hijo. ¿Tú tienes una holgada cuenta bancaria? Pues….no. Entonces no eres gay hijo. ¡Eres maricón!


            Si eres rico/a, eres gay o lesbiana, si eres pobre, eres un maricón  o una bollera. Si eres rico, eres un árabe, si eres pobre, eres un moro. Etiquetas en todo según sea tu estatus, ya no social, si no económico, y tu lugar de procedencia. 

             Si eres un negro africano, posiblemente cuando pases cerca de alguien, observarás que, sin ningún disimulo, se agarra la cartera. Por si acaso. Si eres un negro norteamericano, con tu inglés de pato donald bien marcado, y mascando chicle mientras luces unos blanquísimos dientes, seguramente te harán la ola, con toda la admiración del mundo.

            Estamos en la semana del orgullo gay que se celebra en Madrid y cuyo día cumbre es precisamente hoy. La semana de las reivindicaciones de todo el colectivo LGBTIQ+ 

            Unas siglas que empezaron allá por los años 90 solo como LGB (lesbianas, gays y bisexuales), y que han ido añadiendo letras  a medida que nuevos colectivos han querido también verse representados. Transexuales; Intersexuales; Queer… Aquí ya me he perdido. ¿Qué es Queer? Me he preguntado yo, que no sé ni papa de inglés, (como millones de personas) Mi amigo Google me ha dado la respuesta. Significa: extraño, o poco usual. Ahí lo dejo.  ¿Y el signo +? Pues  quiere indicar cualquier otra identidad que no entre dentro de las siglas anteriores.  

            Más de una vez me he manifestado a través de este blog o de otros medios, que soy absolutamente contraria a los días “de”, porque pienso que lo único que hacen es discriminar. Poner la famosa etiqueta. Más de una vez, también, me han rebatido que a veces ese día “de”, es la única forma de dar luz a una causa o a un colectivo.

            ¿Hace falta un día del cáncer para que todos sepamos que existe? No, pero posiblemente ese día nos sintamos más propensos a dejar un dinero dentro de una hucha, o a hacer una pequeña o gran transferencia bancaria, después de ver una maratón por televisión.

            Bueno, estos días aun los puedo entender. Pero otros…

            Día del orgullo gay. ¿Por qué? El orgullo, y esto es una opinión absolutamente personal, se lleva dentro. El orgullo, como cualidad, no como pecado, te engrandece y te hace estar contento contigo mismo. Cuando estás orgulloso de ser cómo eres, o de lo que has conseguido con tu esfuerzo, no hace falta que lo vayas pregonando a los cuatro vientos. Esa satisfacción interior se refleja en el exterior, y se transmite sin necesidad de publicidades.

            Lo que me imagino que en su momento tuvo su verdadera causa reivindicativa, y por lo que se luchó con la seriedad y el rigor que se requería, no tiene nada que ver con el espectáculo de ahora. ¿Hace falta para decir que estás orgulloso de ser gay, o lesbiana, o lo que te dé la gana, vestirte de mamarracho, hacer el payaso, beber hasta caerte al suelo, y faltar al respeto a los que tú crees que te juzgan, dándoles a entender que te importan una mierda?

            Madrid se viste con los colores del arco iris, y todos los políticos pierden el culo porque se les vea en estos desfiles, y serían capaces hasta de ir encima de cualquier carroza vestidos de lagarteranas. Todos los famosos y famosetes se dan codazos estos días por aparecer en las fotografías, rodeados de personas disfrazadas, que estoy convencida que en su día a día serán completamente diferentes, y seguirán sintiéndose orgullosos de ellos mismos.

            No nos engañemos, a los políticos, como a los ayuntamientos de la ciudad elegida para tal evento, les importa un pito ese orgullo. Por lo único que se frotan las manos es por todo el dinero que van a dejar en su ciudad, o en sus bolsillos. ¿A costa de qué…? Es igual.

            ¿Que todo un barrio, como el de Chueca, queda destrozado por el incivismo de los miles de litros de alcohol, y otras cosas, que se consumirán sin control y sin medida durante esos días? Pues bueno. Aun así, las cuentas salen. ¿Que los pobres vecinos tienen que huir (los más afortunados), de sus casas, para que los decibelios de música, gritos y escándalos, totalmente permitidos hasta casi el amanecer, no les den ganas de tirarse por la ventana?  Pues que se vayan. Total esos no van a hacer gasto. Y los que no puedan marcharse, que se pongan tapones en los oídos.

            Como siempre, cuando tu libertad empieza en el momento en que acaba la mía… ¡mal vamos!

            Para nada estoy en contra de todas las personas que se sienten integradas dentro de estas siglas: LGTBIQ+. Es más, para mí estas siglas no deberían ni existir, porque todos deberíamos ser iguales.

            Yo tengo muchos amigos homosexuales y, curiosamente, ninguno me ha comentado nunca que se siente representado en estas celebraciones. Al contrario. Todo son personas fantásticas, con sus vidas, sus alegrías y sus penas, como todo hijo de vecino, pero que no necesitan reivindicar algo a voz en grito, porque  los logros se consiguen día a día; no llamando la atención, si no comportándote como lo que eres: un ser humano más.

            El otro día, un amigo mío, que hace relativamente poco ha salido del famoso armario, me preguntó a bocajarro si yo era lesbiana.

            La pregunta me sorprendió porque él me conoce desde hace muchos años, y sabe que mis inclinaciones siempre han ido hacia los hombres. Le contesté que, por ahora, no. Dicen que nunca se puede decir: de esta agua no beberé. Al preguntarle entonces yo el por qué de esa curiosidad, me dijo que como me veía feliz, relajada, y a gusto con mi vida, y yo misma le había confirmado que no estaba con ninguna pareja "masculina", a lo mejor la tenía "femenina".

            ¡Ay amigos! Ese tema de que siga habiendo gente que se extrañe de que una persona pueda ser feliz estando sola, requiere otra publicación.

            Si algún día mis preferencias cambian, os lo comunicaré, porque lo único importante es ser honrado con tus propios sentimientos y buscar la felicidad. Esté donde esté.  Pero una vez más, y aunque sé que esta palabra abandera mi vida: con respeto.

            Lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás. Como quieras que te traten a ti, así trata a los que tengas delante.

            ¡Viva el orgullo de ser libre para amar como te dé la gana!










sábado, 30 de junio de 2018

FELICIDADES, CORNELLÀ DE LLOBREGAT

Escaleras mágicas

Aquí está ella: pequeña pero matona. A la chita callando; sin demasiados aspavientos y sin demasiadas propagandas, Cornellà ha sido premiada por la Comisión Europea, con el European Green Leaf Award 2019, o lo que es lo mismo, la Hoja Verde Europea 2019, como reconocimiento a su compromiso en transformarse en una ciudad realmente sostenible, y que lucha por la calidad de vida de sus ciudadanos.

Desde que me vine a vivir aquí, hace ya cinco años y medio, muchas han sido las veces que mis amigos me han dado el cargo de “embajadora de Cornellà”, porque dicen que siempre estoy nombrándola, y alabando todo lo que tiene y todo lo que se hace culturalmente en ella.

Yo pertenezco al barrio de Cornellà Centro, dándome la mano con Cornellà Riera. Dos barrios con solera, y con una enorme personalidad.

Me gustaría poder explicaros, en  pocas palabras, todo lo que veo y siento cuando paseo por mi ciudad.

En mis largas caminatas, sobre todo cuando voy con Nina, puedo coger varias rutas. Puedo cruzar la larga pasarela que conduce hasta el río Llobregat, en donde un montón de caminos se llenan de ciclistas, deportistas, paseantes, o simples amantes de la naturaleza.

O puedo meterme por las huertas donde, cada vez más, observo con alegría como gente joven se está poniendo al frente de unas tierras, ansiosas de ser sembradas.

O puedo pasear por la zona deportiva. Empiezo en una larga calle escoltada por árboles donde, en una parte está el campo de rugby y escuela de atletismo, y enfrente, las pistas de paddel y tenis. Allí está también la Federación Catalana de Tenis y el Centro Internación de Tenis, donde fácilmente te encuentras con tenistas famosos.

Siguiendo el paseo, aparece el espectacular polideportivo con su forma de enorme platillo volante, y al lado la escuela de fútbol y sede del equipo de fútbol de Cornellà, que levanta pasiones, y que de aquí nada estará en primera división, como su “hermano”, el Club Deportivo Español, cuyo magnifico campo, Cornellà el Prat, está justo al lado. ¿Qué os parece?

Verde y deporte; o lo que es lo mismo: naturaleza y gente sana.

Cornellà, donde tanto empeño se está poniendo para que sea una ciudad para el ciudadano de a pie, está rodeada de parques, plazas, placitas y lugares donde pasear, o sentarte en un banco a verlas venir.

Mi placita
Mi plaza favorita, la que me tiene robado el corazón desde que la descubrí al poco de estar viviendo aquí, se llama: la Plaça dels Enamorats, y su belleza va cambiando con las diferentes estaciones del año.

Se esconde tímidamente detrás del auténtico corazón de la ciudad: el ayuntamiento, la alcaldía y la iglesia de Santa María.

Una de las formas de acceder a ella es a través de unas bellísimas escaleras de piedra, que últimamente nos tienen a todos los cornellanenses en pie de guerra, porque corren malas lenguas de que quieren quitarlas para poner una escalera mecánica. Espero que esta iniciativa quede anulada.

¿Y los parques? Si no lo conocéis, tenéis que venir a ver el de Can Mercader, y si es un domingo, mejor, porque es cuando están a pleno funcionamiento los trenecitos (para peques y no tan peques) de todos los modelos, desde los de madera, que van atravesando alegremente el impresionante parque, mientras van haciendo sonar sus pitidos.

Museo de las aguas
A mí, que soy más intimista y ya sabéis que huyo de las aglomeraciones, me encanta uno de que está muy cerquita de mi casa: El museo de las aguas. Es pequeñito porque prácticamente lo que más espacio ocupa es el magnífico museo (imprescindible ver el funcionamiento de su espectacular máquina de vapor que servía a principios del siglo XX para generar electricidad).

Cines, auditorio, teatro, magníficas bibliotecas (Cornellà está considerada: ciudad de la lectura)…

Pero sobretodo: vida en las calles y amor a las tradiciones. Cuando no hay fiesta en un barrio es porque la hay en otro. Fiestas tranquilas, en paz  y luchando por la igualdad y el respeto, a todos los géneros y a todas las personas.

Sí amigos, estoy orgullosa de vivir en esta ciudad donde me siento querida  y plenamente integrada.

Fijaros si a veces me embobo paseando por ella, que hay unos árboles, que no sé cómo se llaman,  plagados de flores amarillas, que no me canso de mirarlos, aunque sé que muchos conductores protestan cuando van a coger sus coches aparcados y se encuentran con la capota casi teñida. 

¿Sabéis la magia que supone, en un día de viento, ver cómo van cayendo estas flores como si fueran copos de nieve de oro? Pueden llegar a formar inmensas alfombras doradas.

Adoro la naturaleza. Me da vida y me carga las pilas. Por eso ahora, aquí, lejos de aquellos 17 carriles que tenía delante de mi antigua casa en Barcelona; lejos de las marabuntas de turistas que invadían mi espacio (era el precio  a pagar por vivir cerca de la Sagrada Familia); lejos de las prisas por todo, hasta por ir a comprar el pan un domingo por la mañana; lejos de los miles de coches; lejos de todo eso, soy la mujer más feliz del mundo.

Gracias Cornellà, por acogerme, y por darme la paz que tanto necesitaba. 

¡GUAPA!