sábado, 21 de julio de 2018

ANGELETA “ COMPRE MIGAS DE PAN…”


            
No quiere fotos, ni entrevistas, pero le gusta que le pregunten, y sobre todo, le gusta contar su vida.

            Angeleta es una señora que tiene cerca de noventa años. Muy, muy delgada. Los bracitos parecen ramas que se vayan moviendo con el viento. Tiene un abundante cabello, que para muchas lo querríamos. Lo lleva corto, y le da un cierto  aire de niña traviesa. Los ojos muy grandes y hundidos, que se clavan cuando te miran. Ojos vivos como los de las águilas, siempre pendientes de lo que tienen alrededor.

            La delgada carita, acaba prácticamente en una aguda nariz. Hace muchos años que debió dejar sus dientes perdidos en algún lugar, y la boca se ha ido acostumbrando a encogerse hasta casi desaparecer. La puntiaguda barbilla acaba de configurar un  rostro difícil de olvidar.

            Me acuerdo que lo que más me llamó la atención el día que la conocí, fueron sus piernas y sus zapatos. Unas piernecitas como débiles cañas de bambú, protegidas por gruesas medias de lana, que asomaban desde la pantorrilla que es donde acababa el viejo abrigo que llevaba. Iba calzada con una especie de botas militares. Se veía más pie que cuerpo. Eran botas recias, preparadas ante cualquier inclemencia meteorológica, y ante cualquier terreno.

            Era invierno, sobre las diez de la mañana. Yo estaba paseando con Nina por el camino que hay atravesando las huertas. Las hay de todo tipo, desde las que claramente están abandonadas, a merced del tiempo, hasta las que se puede escuchar el kikiriki de los gallos. Una de ellas, que tiene una bonita entrada, está casi siempre custodiada por varios gatos que, según la estación del año, se tumban al sol, o se refugian debajo de un árbol, o entre los arbustos y matojos que acompañan el camino.

            De vez en cuando, algún pequeño nuevo miembro, aparece en el grupo. Cuando nos ven pasar, generalmente ni se mueven. Se erizan un poco marcando su terreno, pero simplemente se dedican a seguirnos con la mirada.

            El día que conocí a Angeleta, esta pasividad desapareció. A medida que ella se iba acercando, comenzó a emitir una especie de silbido, que provocó la salida en masa de todos los gatos. Yo creo que los de aquella huerta, y alrededores.

            No me acuerdo si ese día Angeleta ni siquiera se fijó en mi. Solo tenía ojos para sus gatos. Me fui volviendo, y me quedé un rato observando el maravilloso espectáculo de ver como ella los iba llamando, a cada uno por su nombre (no sé si el real o el que ella les había puesto), y cómo todos la rodeaban para recibir la comida que les iba dejando en el suelo, mientras repetía con una pequeñísima voz: “Despacio, que hay para todos….”

            Tardé un par de semanas en volver a verla. Esta vez el encuentro fue un poco antes y pensé: “No te me escapas”.

            Ya me conocéis. Me encanta preguntar, y me fascinan las vivencias de la gente mayor. Posiblemente, si hubiera ido sola no hubiera conseguido ni la mitad de la información, pero Nina, con su cara de tristeza y de bondad, se la cameló. Y ahí entré yo.

            Me dijo que llevaba toda la vida dedicada a los gatos. Que amaba a todos los animales porque (frase insignia de todos los animalistas), ellos le daban mucho más cariño que algunas personas.

            Que se levantaba cada día a las cuatro de la mañana para limpiar su casa, y que a las seis salía por la puerta, fuera invierno, primavera, verano u otoño, para empezar un recorrido por todos los lugares donde había colonias de gatos. En huertas, polígonos, puentes, zonas urbanas o rurales. A veces cogía el tranvía y otras caminaba los kilómetros que hicieran falta. “Muchos días llego a casa a las cinco de la tarde”.

            Me enseñó todo el “menú” que llevaba en el destartalado carrito de la compra. Desde pienso de bolitas, hasta pollo hervido, latas de atún y sardinas, y alguna lata de pienso en paté. “Estas son para lo que están malitos o no pueden masticar bien”

            Le pregunté quién pagaba todo eso; si tenía algún tipo de ayuda. Su aspecto denotaba que no nadaba en la abundancia. Me miró como dolida por la pregunta, y moviendo la cabeza me respondió con orgullo: “Yo lo pago todo. Yo quiero hacerlo. Son mis animales”. Cerró el carro, y siguió adelante dando por zanjada la conversación. Sí; quizás mi pregunta la había molestado.

            Pasó un mes hasta que me la encontré de nuevo, y esta vez lo hice mientras paseaba con Maià.

            Se detuvo a mirarla, y sus ojos se dulcificaron al ver el caminar lento e inseguro que tiene ahora la pequeña, desde que está cieguita. Aquella tarde tenía ganas de hablar. Me repitió que se levantaba a las cuatro, y hubo algo que me hizo mucha gracia porque ya me lo había comentado la otra vez. Que casi cada día, antes de salir de casa, limpiaba los azulejos de la cocina.  “Pero no se crea que son bajitos. Son…. hasta así de altos”. Y señaló la altura de una puerta cercana.

            Angeleta es de esas personas que me encantaría poder estar hablando con ella, mejor dicho, escuchándola, horas y horas, porque estoy segura que la historia de su vida, o al menos de como ella la ha vivido, y la está viviendo, es impresionante.

            “No me duele nada. Bueno, ahora, algún día, un poco las piernas, pero no las hago caso. Soy muy mayor ¿sabe?, pero tengo muchas cosas que hacer”.

            La vi la semana pasada en el súper. Llevaba un tetrabrik de leche y una lata de aceitunas. Me reí porque le insistió varias veces a la cajera, si aquellas aceitunas eran de las que estaban rellenas de pimiento. La cajera tras comprobarlo se lo confirmó, ante su satisfacción. ¿Serían para ella, o para algún gatito gourmet?

        Al salir del súper las palomas la rodearon. ¿Os acordáis de aquella escena de Mary Poppins donde hay una mendiga en la plaza de la Catedral que canta pidiendo dos peniques para comprar migas de pan para las palomas, mientras éstas revolotean a su alrededor? Pues Angeleta me lo recordó. Llevaba en la mano una bolsita con pienso para ellas, y fueron acompañándola hasta una plaza donde, me imagino, que se las dio.

          
            Amigos, ojalá todos pudiéramos poner una Angeleta en nuestras vidas.


1 comentario:

  1. Una historia muy tierna, seguro que Angeleta debe tener miles de vivencias que explicar, seguro que su vida tiene cosas muy interesantes. Me da que cuando una persona se dedica, como ella, a visitar todos estos gatos, palomas y cualquier animal que la necesite es porque está decepcionada con el comportamiento humano y como dice, bueno interpreto en su frase, más o menos, los animales son fieles y son los únicos que ofrecen su amor incondicionalmente.
    -cuando has comentado lo de las palomas , también me ha venido a la mente la película de “Sólo en Nueva York” donde hay una escena en Central Park donde una mujer mayor, con sombrero y abrigo, está rodeada de palomas a las que les de de comer. Historias reales que inspiran películas. ❤️

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