sábado, 15 de diciembre de 2018

HE PERDIDO EL MIEDO AL DENTISTA


         
          Con los años voy perdiendo el miedo a muchas cosas. Voy aprendiendo a relativizar, y a darle importancia a lo que creo que realmente la tiene.

            Con los años empiezo a encontrarle el gustillo a decir que “NO”,  a todo aquello que antes no me atrevía.

            Con los años voy perdiendo el miedo a muchas cosas… pero no a todas.

            Hasta hace un par de semanas, la sola palabra de “dentista”, hacía que un sudor frío comenzara a recorrerme el cuerpo de arriba abajo.

            No puedo decir que mi casi histeria se deba a una mala experiencia. He tenido las normales, y he dado con buenos profesionales. No puedo argumentar, para mi defensa, que me hayan hecho daño, o que haya salido de las consultas con la cara deformada. Pero, queridos amigos, ya se sabe que el miedo es irracional.

            Llevaba más de tres años (muy mal hecho) sin realizarme  ninguna revisión. Iba aplicando la consoladora teoría del avestruz: “Si meto la cabeza en la tierra, no me verán”. Si no voy al dentista, no me encontraran nada.

            Pero es que hay algo que, su sola imagen, me convierte en un ser diminuto e indefenso: El maquiavélico: "sillón de dentista" .

            Ese tormentoso sillón, en donde solo se puede apoyar el brazo izquierdo, quedando el derecho a merced de los nervios que ese momento te estén dominando. Ese pobre brazo derecho, que igual se puede quedar pegado al estómago, sin atreverse a moverse ni un milímetro, como si estuviera pegado con loctite, que erigirse en director de orquesta, y no parar de moverse de arriba para abajo, ante el más mínimo asomo de molestia, con el consiguiente cabreo del dentista que teme que, en uno de los arrebatos “braciles”, el torno se quede clavado en la  oreja del paciente.

            Pero ahí no acaba la cosa. Ese “cómodo sillón” en donde te invitan a estirarte, lo más elegantemente posible, comienza a irse para atrás hasta que te quedas, no horizontal, si no con la cabeza casi colgando.

            Y encima de esa cabeza colgante, un foco de doscientos mil voltios que te ciegan. Y ya, para rematar, la boca abierta como si te fueras a comer una hipotética maxi hamburguesa de tres pisos. Del aspirador de saliva…mejor no hablamos.

            Y aún tienen la guasa de preguntarte: ¿está cómoda?

            Pues como os iba contando, después de tres años fui a que me hicieran un estudio de cómo tenía la dentadura. Simplemente era una visita de reconocimiento. Sabía que no me iban a hacer nada, y aun así, mi miedo cerval hizo que por cuatro veces anulara esa visita.

            Para seguir un poco buscando argumentos a mi favor, os diré que era la primera vez que iba a esta clínica dental. Era uno de los productos estrella de una entidad bancaria que tenía contratado hacía un año.

            Después de un minucioso examen, solo encontraron alguna reconstrucción, un empaste y una endodoncia.

            El pánico comenzó a apoderarse de mí desde el mismo momento en que me dieron el presupuesto, y comenzamos a hacer la programación de las  visitas.

            Ya me habían hecho hacía unos años, un par de endodoncias (coloquialmente, matar el nervio), y me acordaba de la terrible tensión que había pasado, temiendo que la anestesia se hubiera quedado corta.

            Este recuerdo me acompañó los siete días que precedieron a la intervención.

            Esa noche tuve mil pesadillas; no comí nada, porque no me entraba ni un guisante, y a las cuatro de la tarde me dirigí a la clínica, como aquel pobre animalillo que lo llevan al matadero.

            Pero ahora os quiero contar la transformación que tuve, gracias al poder mental, y otras ayudas.

            Estoy haciendo un nuevo curso de Mindfulness: vivir el hoy, sin deprimiros por el ayer, ni agobiaros por el mañana (ya os hablé de esto en una publicación el 5/3/16). Es un curso fantástico con una profesora (Lila Lorenzo) que tendría que recomendarla como medicina la Seguridad Social: divertida, ágil, positiva y absolutamente loca.

            En este curso estamos aprendiendo a meditar, y a conocer, respetar y querer a nuestro propio cuerpo, y nuestra propia mente.

            Cuando iba camino de la clínica dental, comencé (sin demasiadas expectativas) a intentar relajarme, controlando las respiraciones. Al llegar, mientras estaba esperando en la sala, me di cuenta que llevaba en el bolso unos auriculares. Los conecté al móvil, y abrí uno de los audios de relajación que la profesora nos había hecho llegar, a través del grupo de whatsApp.

            Escuchar su voz, y la suave música de fondo, me fue relajando, aunque continuaba con las manos heladas y el corazón pidiéndome a gritos un Valium.

            Entré por fin en la consulta. La doctora era una mujer joven, venezolana, a la que ya había conocido la semana anterior en la revisión. Es importantísimo saber quién va a ser el profesional que te va a atender. Ponerle cara. A mí desde el primer momento me dio confianza. 

            Al tumbarme en el famoso sillón, le dije si podía ponerme los cascos y escuchar música por el móvil. Lo pregunté por si acaso podía interferir en los aparatos, que ya me esperaban ansiosos. Me contestó que naturalmente, y quiso saber qué iba a escuchar. Le dije que un audio de Minfulness, y me parece que se quedó igual que estaba.

            En vez de estirarme con los pies separados, lo hice con mi postura favorita para descansar, que es el pie izquierdo encima del pie derecho. Ante todo buscar la posición más cómoda. Subí el sonido del audio, cerré los ojos y comencé a respirar profundamente.

            Os he de decir, que no me enteré ni de cuándo me puso la anestesia (solo noté el amargor en la garante del liquido). Fui siguiendo todo el proceso, pero desde una relajación absoluta, de la que me daba cuenta, y ni yo misma me lo podía creer.

            Las pulsaciones bajaron; el corazón cogió su ritmo normal, y la música me protegió y me ayudó a no estar pendiente de los sonidos externos.

            Cuando la doctora me dijo: “Ya se puede enjuagar”, me pareció imposible que llevara cuarenta minutos bajo el foco, con la boca abierta.

            El lunes pasado volví para seguir con el tratamiento, y nuevamente me coloqué los cascos, y me puse una música de relajación que me gusta. El resultado: el mismo.

            Estoy súper feliz de haber vencido a uno de los miedos más grandes que tenía. Y de haberlo vencido con mis armas. Claro que la profesionalidad de la doctora venezolana, tiene mucho que ver.

            Un beso a todos.




1 comentario:

  1. Yo también con los años estoy aprendiendo a decir que no (si no me apetece ir a un sitio o hacer algo simplemente porque es costumbre y "todo el mundo lo hace/lo tiene/va", pues no voy/no lo compro/no lo hago y me importa poco y menos el qué dirán o qué pensarán). Al final, nadie mejor cuidará de nosotros que nosotros mismos y creo que es muy importante priorizar al máximo el mimarnos y cuidarnos nosotros mismos.

    El control de la respiración, caminar pausadamente, comer sin prisas y saboreando los alimentos intentando adivinar las texturas, disfrutar y sacar siempre la parte positiva a todo, no entrar en discusiones y pensar que si vemos personas airadas o coléricas no es por nuestra culpa sino porque no están atravesando un buen momento, sonreir y reirnos de todo y de nosotros mismnos, evitar el abuso del alcohol y carnes rojas, hacer ejercicio...estoy convencido que que muchas de las enfermedades de "nuestro mundo occidental" se verían muy reducidas con estas prácticas de reducción de estrés.

    Estamos muy acostumbrados (me atrevería a decir que mal acostumbrados) a no cuidarnos, siempre con prisas, como el burro y la zanahoria, y, cuando pintan bastos, ir al médico y exigir que nos cure sin dolor ni efectos secundarios.

    Pones un magnífico ejemplo, querida Alicia, en el dentista. Lo fácil es decir o pensar: es una tortura, una pérdida de tiempo, cobran muchísimo por poco rato, no se preocupan de aliviarnos, ... La realidad es que, detrás de lo que vemos, muchas veces hay un profesional que nos quiere ayudar, que se preocupa por nuestra salud, que ama su profesión y ha pasado muchas horas estudiando para hacer un buen diagnóstico y establecer unas pautas de recuperación...

    Y entonces viene la siguiente pregunta: ¿Qué ponemos nosotros de nuestra parte?. Normalmente nada, pensamos que pagando ya hay bastante y le pasamos toda la responsabilidad al facultativo. Cuando lo cierto es que si ponemos todo lo que podemos de nuestra parte (por ejemplo, todas las técnicas que has aplicado tú de mindfulness), entonces todo va muchísimo mejor.

    Tenemos mucho que aprender de los japoneses y la cultura oriental. Nos sorprendería ver su forma tan distinta de actuar y de pensar y el bajo nivel de enfermedades inflamatorias y coronarias respecto a nosotros.

    Disfrutad y sed felices!!!

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