sábado, 22 de junio de 2019

IGNACIO ENCINAS, MI DUQUE DE MANTUA: A POR LA VOZ SENIOR.

       

   

        Hace un mes me iba a la cama; eran las once y media pasadas y, como siempre, en mi móvil sonaba música relajante, a través de Youtube. De repente el sonido cambió, y me sobresaltó el timbre de una llamada; sobresalto que fue en aumento cuando comprobé que quien estaba al otro lado del hilo telefónico era mi hermana. Ya nos habíamos despedido como cada día con nuestro mensaje de: “Felices sueños”. ¿Qué le pasaba? Casi que no me dejó descolgar: 


-        -  Pon la tele, está Ignacio Encinas en la Voz Senior. Acaba de cantar “Torna surriento”, y se han girado tres coaches.

        Para quien no esté al corriente de estos programas, más que nada porque solo vea películas en VO; series inglesas, y los documentales de la 2 ¿¿¿???  "La Voz" es un concurso para cantantes en donde los coaches (jurado) se encuentran de espaldas, y solamente se giran cuando la voz que han escuchado les gusta. A partir de ahí se crean los equipos que después harán competiciones entre ellos hasta una gran final, donde les espera, entre otros premios, el reconocimiento de millones de tele-espectadores.

        Hay tres tipos de programas: La Voz; la Voz Kids (solo para niños), y este año por primera vez, la Voz Senior para mayores de 60 años (me podría haber presentado yo).

        Bien, ya estamos todos puestos al corriente. Encendí la tele y tras los anuncios continuaron con el programa. Y allí estaba él: Ignacio, emocionado ante un jurado que se había quedado con la boca abierta al escucharlo. Miles de recuerdos empezaron a salir disparados de mi cabeza.

        Ignacio Encinas es un extraordinario tenor, con un auténtico carrerón a sus espaldas, que ha cantado en los mejores teatros, y que posee una de las voces más increíbles que he escuchado en mi vida.

        Ignacio es el tenor, por excelencia. El tenor con mayúsculas. Cumple todos los requisitos: voz cálida, fraseo, elegancia, agudos brillantes y una personalidad arrolladora.

        Allá por los años ochenta, coincidimos los dos con la misma profesora de canto: Carmen Bracons, y su esposo el doctor Josep Maria Colomer, médico del Liceo; comentarista radiofónico de ópera, y una verdadera personalidad en el mundo operístico de Barcelona.

        En aquella casa de la calle Aragón, donde podían desfilar en unas horas las mejore voces líricas del momento, llegué a pasar las tardes más inolvidables de mi vida. Hechizada por las voces de auténticos divos que iban a ensayar los papales que después cantarían, ya no solo en el Liceo, si no en la Scala de Milan, o el Metropolita de Nueva York.   

¡Qué bello recuerdo!
               Pues bien, en aquella casa fue donde tuve la oportunidad de preparar mi debut. Iba a ser con el papel de Maddalena de la ópera Rigoletto, de Verdi, en una versión concierto que se haría en Radio Nacional de España. Uno de los mejores momentos de esta ópera (dejando a parte la archiconocida “Donna e mobile") es su famoso "cuarteto" cuyos personajes: El Duque de Mantua; Maddalena, la prostituta; Gilda la virginal protagonista, y su padre Rigoletto,  el bufón de la corte, expresan cada uno de ellos sus sentimientos en una sublime armonía.

        Para mi debut con esta ópera, tuve la enorme suerte de tener a mi lado a Ignacio Encinas, como un espléndido Duque de Mantua. Recuerdo los ensayos y las representaciones como si las estuviera viviendo ahora mismo. Con todos mis miedos e inseguridades, pero con la emoción que representaba cantar con una voz como la suya a mi lado. Ignacio siempre atento, siempre profesional y siempre contagiando su buen humor.

        Ignacio es, ante todo, un amigo de sus amigos; muy querido y respetado por sus colegas de profesión, y que siempre tiene esa palabra  de alabanza hacia los demás, que tanta falta hace a veces.

Junto al fantástico José Luis Barrera
        Antes decía lo del tenor por excelencia, pero no quería referirme a esa parte de "divismo" que a algunos caracteriza, si no a esa parte de punto de locura que convierte a los tenores en una especie diferente. Los tenores son los grandes amados por el público. Generalmente son los chicos guapos, buenos, valientes, enamorados y románticos que casi siempre son correspondidos en sus amores,  por los que lucharán con valentía, y hasta con heroicidad.

     Sí, una bella voz de tenor es capaz de acariciar el alma, y a la vez, de despertar las más recónditas emociones.
      
    Volviendo al querido tenor que nos ocupa, nunca se me olvidará una noche en que las paredes de un parking estuvieron a punto de venirse abajo.

     Creo que habíamos salido de asistir a un concierto, junto con otros compañeros. Entre ellos estaba mi adorado y jamás olvidado Ramón Gauchía, otro loco tenor. Bajamos a un conocido parking para coger los coches y, como buenos tenores, Ignacio y él se pusieron a hablar de algún aria en concreto. “Que si  yo esta frase la canto así… Que si yo respiro antes de esta estrofa… Que si el agudo hay que cogerlo…” Acabaron los dos cantando el final del aria y, por supuesto, exhibiendo en todo su esplendor el famoso agudo, a ver quien lo daba con más potencia y manteniéndolo más tiempo . Creo que quien entre, hoy en día,  en ese parking, tendrá la extraña sensación de que “alguien” está cantando.

     Ignacio Encinas forma parte de una etapa de mi vida que nunca olvidaré.  

       El miércoles que viene  es la final del concurso. Naturalmente deseo de todo corazón que sea él quien salga victorioso porque se lo merece; porque tiene una voz privilegiada (todavía a sus 71 años); porque es un artista humilde, a pesar de llevar millones de aplausos en su mochila, y porque ha tenido la valentía de presentarse ante las cámaras y decir: “Señores, aquí estoy”.

        Me encantaría que para la gran final Ignacio cantara su aria estrella: Nessun Dorma. Pero si no es así, estoy convencida que, cante lo que cante, nos hará vibrar a todos. Como con esta extraordinaria grabación que sirve de colofón para la publicación de hoy, escrita desde el cariño y la admiración.

      Un abrazo.
  





sábado, 8 de junio de 2019

MIS YAYOS DE LA CRUZ ROJA


        

       Dicen que una de las muchísimas ventajas que tiene el sonreír es que libera un montón de endorfinas (neurotransmisores que se encargan de hacernos sentir bienestar y felicidad, entre otras muchas funciones). (Lo he copiado de Google). Yo puedo dar buena fe de ello, porque cuando el jueves acabo mi sesión de voluntariado, estoy con una energía y una fuerza que me comería el mundo entero. Y ¿por qué?, pues porque he estado una o dos horas sin dejar de sonreír.

        Cuando llamo por teléfono a “mis yayos”, lo primero que quiero que reciban de mí es el calor de la sonrisa. Por eso mi: “Hola Pepita, soy Alicia de Cruz Roja”, lo digo con alegría, e intentando transmitir, desde el primer momento, que mi llamada es porque nos preocupamos por ellos, y porque quiero que durante unos minutos sepan que no están solos.

        Durante este año largo que llevo en lo que se denomina “Centro de Contacto”, he tenido experiencias para escribir otra novela. Cada persona es un personaje; cada persona lleva detrás una historia, pero cada persona mayor, es historia viva.

        Me acuerdo que la primera llamada que realicé estaba nerviosa porque no sabía ni lo que me iba a encontrar al otro lado del teléfono, ni si yo sabría cómo mantener una conversación de un par de minutos con un desconocido, y sobre todo, si estaba capacitada para dar respuesta a los problemas que esa persona, quizás, me pudiera plantear. 

        No recuerdo si fue hombre o mujer quien levantó el auricular; seguramente sería mujer, porque la gran mayoría de mayores, hoy en día, lo son. Ya se sabe, hay más viudas que viudos. Tampoco recuerdo muy bien como fue la conversación, aunque intuyo que rápida. Pero tardé muy pocas llamadas en darme cuenta del valor real de este servicio de la Cruz Roja.

        Las personas extrañas y desconocidas a las que interrumpía en su monótona existencia, y me colaba en sus vidas a través de las ondas, tardaron muy poco en hacerme llegar su agradecimiento y su emoción al percibir que, para “alguien”, para una agradable voz femenina, ellos dejaban por unos minutos de ser unos simples números en las estadísticas de esperanza de vida, y se convertían en protagonistas.

        Después de cientos de llamadas mi balance, en cuanto a mi experiencia personal es absolutamente positivo, pero en cuanto a la dura realidad que rodea la vejez, es desolador.

        La gran mayoría de las personas a las que llamo están solas. Conviven con una soledad, no más o menos digna, o más o menos soportada por la esperanza de una próxima visita de un hijo o de un amigo, si no con una soledad cruel, despiadada, injusta y demoledora.  

        Madres/padres y abuelas/abuelos, que me justifican, sin por supuesto yo pedirlo, que la ausencia de compañía de los suyos se debe a los tiempos que vivimos. “Bastante tienen los pobres con sus trabajos… Están tan ocupados…”

        Durante este año he escuchado testimonios que me han helado la sangre:

 “¿Sabes lo que le pido cada noche al Señor cuando me acuesto? No despertarme más”.

        Y ante esto, ¿qué dices? Quieres animar a esa persona pero te faltan argumentos con que debatir los suyos: “Soy muy vieja; estoy sola, enferma y cansada. ¿Qué hago ya aquí?

        Afortunadamente yo tengo un carácter que intento, con cualquier tontería, arrancar una sonrisa y al final, cuando esa misma persona me dice: “Ya me has alegrado el día”, siento que el mío ha valido la pena.

        También hay comentarios en que no puedo evitar directamente la carcajada, porque si hay algo que tienen la mayoría de nuestros mayores es que se ríen de ellos mismos. No tienen filtros, y lo que piensan lo dicen.

         Me gusta cuando al escuchar mi voz me llaman ya por ni nombre; o me confiesan que estaban esperando impacientes la llamada; o me preguntan que cómo me encuentro yo y, confundiéndome claramente con otra persona, me preguntan qué tal está mi madre, o mis chiquillos.

        Me gusta cuando me explican lo que están haciendo de comer (poquita cosa porque para uno solo…), o me dicen que tengo una voz muy bonita y que parezco una locutora de radio.

        Me gusta cuando me cuentan alguna cosa de su juventud, o de su pueblo, al que no han podido olvidar a pesar de llevar toda la vida lejos de él.

        Me gusta saber que, durante los poquitos minutos que podemos dedicar a cada uno de ellos, han dejado a un lado todas sus dolencias (que tienen bien clasificadas), y se han olvidado que al colgar el teléfono, nuevamente, la soledad y el silencio volverán a ser sus fieles compañeros.

        Mis yayos… Mis queridos yayos de la Cruz Roja.


sábado, 11 de mayo de 2019

ALFREDO PÉREZ RUBALCABA, CONSIGUE ACALLAR LOS INSULTOS POR UN DÍA


Siempre que ocurre un acontecimiento así, como el de ayer, no puedo dejar de pensar en unos de los refranes preferidos de mi madre: “Dios de libre del día de las alabanzas”. De ese fatídico día en que de repente, de golpe, por arte de birlibirloque, te conviertes en una persona maravillosa, generosa, simpática, altruista y hasta guapa.

Ese día en que, solo por unas horas, (no os hagáis ilusiones, que ese alucinógeno efecto dura lo que se tarda en que te echen la tierra encima o te conviertan en ceniza), ya nadie se acuerda de los defectos, y mucho menos reconoce como propias las críticas vertidas, a veces con ferocidad, sobre la persona que descansa, de cuerpo presente, al fondo del velatorio.

Sin embargo, y afortunadamente para el equilibrio de la raza humana, hay ocasiones en que todas las alabanzas y los sentimientos son reales. En que no hay que romperse la cabeza para encontrar alguna palabra positiva, o algún hecho a recordar que haya contribuido a la mejora de nuestro humilde mundo. Hay personas que son capaces de conseguir que, por unas horas, los insultos, los menosprecios, las envidias y los rencores desaparezcan, porque hay una causa común: el dolor por la pérdida de un ser especial.

Personalmente, Alfredo Pérez Rubalcaba fue una hombre que siempre despertó en mi una gran simpatía. No entiendo de política. Por supuesto, más que saber lo que quiero, tengo muy claro lo que no quiero, pero la política, en sí, y los políticos me aburren. Sobre todo los de ahora. Me parecen robots. Todos cortados por el mismo patrón. Todos hablando igual, cada uno con su discurso. Todos luchando porque su voz se escuche, no mejor, si no más alto. Todos sin el más mínimo respeto al oponente, y con el único objetivo de encontrar mucha mierda debajo de su alfombra para poder publicarlo a los cuatro vientos. ¡Ay cuando esa mierda el viento te la devuelva…!

Por eso Pérez Rubalcaba fue un político con mayúsculas. Político por devoción, no por necesidad de dinero o de poder, porque él ya tenía, a diferencia de los “robots” de ahora, una profesión a la que regresar cuando lo considerara oportuno.

Ayer sus alumnos hablaban con auténtica emoción y respeto al recordarlo, y sentían que se habían quedado un poco huérfanos. Qué importante es encontrar ese referente en la época en que de nuestras decisiones depende nuestro futuro.

Viendo la televisión ayer comprobé con satisfacción que cuando la persona es grande, cuando el personaje es de los que dejan huella en la historia, como en Fuenteovejuna, todos vamos a una. Las diferentes cadenas trataron la triste noticia con un tratamiento exquisito. En algunas de ellas, parecía que caminaran por las imágenes como de puntillas, para no hacer ruido, para no molestar al que está dormido.

Seguro que Alfredo Pérez Rubalcaba está comprobando emocionado la huella que ha dejado. El trabajo bien hecho.

Él no era un hombre de glamour; de chupar cámara o de dar un codazo en la foto para ponerse delante. Recordaron en casi todos los programas su despedida el año 2014 del Congreso, y me enterneció el rubor que le produjo ver a todos sus compañeros de escaño, fueran o no de sus ideas, aplaudiéndole y rindiéndole su último homenaje político.

Estamos en lo de siempre, ¿por qué se tienen que ir tan pronto personas que valen tanto y se quedan los que solo sirven para vomitar frustraciones y maldades, o para sesgar la vida de quienes le recuerdan que no son más que repugnantes alimañas?

Desde aquí, desde este sencillo blog, desde la admiración que me provocan las personas que tienen algo qué decir, y saben cómo hacerlo, mi más cariñoso recuerdo a un hombre sencillo.

lunes, 22 de abril de 2019

SEMANA SANTA INOLVIDABLE



Hay pocas veces en la vida en que ante un sueño o una ilusión, no solo se cumplen todas las expectativas, sino que se superan. Hay pocas veces  en la vida en que sientes que el destino te está haciendo un regalo que jamás olvidarás. Ese regalo ha sido Zamora: sus gentes; sus tradiciones; sus procesiones y su Virgen de la Soledad.

Creo que hacía años que no sentía tantas emociones. He estado en un continuo estado de alegría y a la vez de recogimiento. De sonrisas y de lágrimas. De sentirme muy grande y muy pequeña.

Han sido tres días aprovechados al máximo, hasta el agotamiento, pero tenía que exprimir el tiempo, porque como todo, se iba yendo segundo a segundo.

        He podido disfrutar de todas las procesiones desde el mismo jueves por la tarde que llegué. Algunas como la de la Vera Cruz y la Virgen de las Angustias, las he visto a pie de calle, apretujada entre los miles y miles de zamoranos que no han querido perderse ni un solo detalle de sus queridos pasos.

Otra, la impresionante procesión del Cristo Yacente, la vi casi de madrugada, acompañada de una inmensa lluvia (afortunadamente fue la única) que no impidió que la Plaza Viriato se llenara de gente expectante de ver este Cristo, y sobre todo, de escuchar, en medio del silencio y de una oscuridad solo rota por las teas de los más de mil cofrades,  el Miserere cantado por un coro de hombres, que aunque acabaron absolutamente empapados, unieron sus graves voces para elevar hasta el cielo los salmos, pidiendo misericordia y perdón por todas las culpas de la humanidad.

Y tuve la gran suerte de poder ver desde un balcón situado en la mejor calle de Zamora, la procesión de la Congregación, y la del Santo Entierro.

Sí amigos, desde un balcón, como las celebrities. Gracias a la generosidad  y al cariño de Violeta Cabañas y su extraordinaria familia.  Ahora no me voy a detener en ellos porque merecen una publicación aparte. Solo deciros que a Violeta la conocí a través de internet cuando buscaba información de la Virgen de la Soledad, a quien quería rezar, cuando mi querida e inolvidable Maià se puso ya muy malita, en septiembre. A partir de ahí nació una historia increíble. Una historia que culmina en una invitación personal para participar el Sábado Santo, en la procesión  de la Virgen de la Soledad.

En esa procesión desfilaron más de 4600 mujeres (Damas). La tradición se hereda de madres a hijas, y  el sábado por la tarde Zamora se llena de túnicas negras, tulipas y emoción a flor de piel. Son las mujeres zamoranas que acompañan a la Virgen en un momento tan dramático como ha sido la pérdida de su Hijo.

Con mi querida Violeta Cabañas
En ese paseo que hace la Virgen, recibiendo el pésame de todos lo zamoranos, las Damas la acompañan, permanentemente, hasta regresar a su iglesia.

        Pues bien, yo tuve el enorme  honor, no solo de poder procesionar, sino de hacerlo como Mayordoma, cargo que se consigue una sola vez en la vida, y que a veces esperan hasta treinta años las mujeres de la cofradía para poderlo ostentar.  

        Me vestí en el hostal, con unos nervios que no me dejaban ni atinar a ponerme bien el pañuelo, y a las seis y media salí a la calle para dirigirme a la Iglesia de San Juan donde estaría Violeta (la vice presidenta de la Cofradía) esperándome con todas las miles de Damas que iban llegando.

        Os aseguro que ese trayecto, con mi capa que volaba por el viento, y mi emoción, iba por en medio de la calle comiéndome Zamora. En mi vida me he sentido tan importante…

Aquí voy, delante de los Mayordomos
        Las Mayordomas tienen el privilegio de poder entrar un momento en la iglesia, antes de que la Virgen salga, para decirle: “Aquí estamos, no te vamos a dejar sola”.

        No os puedo explicar lo que sentí cuando por fin abrieron las puertas, y ya salió a la calle en medio del himno nacional (que bonito cuando sirve para estas cosas). Os recomiendo que busquéis algún vídeo para que entendáis mejor lo que quiero expresar, pero me faltan palabras.

       
¡Qué orgullo!
A partir de ahí, las Mayordomas, flanqueadas por las dobles filas de las Damas, comenzamos a caminar por las céntricas calles absolutamente abarrotadas de gente.

        Y acabamos, dos horas y media después en la Plaza Mayor para, una vez colocadas alrededor de ella, las casi cinco mil mujeres, Mayordomos , cuerpos de policía, con sus mejores galas, autoridades, tambores y bandas de música, esperar todos la llegada, despacito, de la Virgen. Allí iba a recibir el último adiós hasta el año que viene, en medio de un estremecedor silencio, roto, como lo fuera el Miserere a su hijo Yacente, por una Salve.

        Con el alzamiento de todas las tulipas iluminadas y nuevamente al son de las notas del himno nacional, despidiéndola con todo el respeto, la Virgen de la Soledad caminó hacia su hogar.


        Como Mayordoma volví a tener la suerte de poder entrar nuevamente en la iglesia, donde se cerraron las puertas, y presenciar algo que me emocionó. Los portadores que la habían llevado sobre sus hombros todo el camino, se abrazaron debajo del paso y rezaron juntos una oración. Vi muchas lágrimas correr por los rostros de hombres y mujeres que llevaban todo un año esperando ese día. Vi muchos abrazos impregnados en la alegría por la conclusión de una buena procesión, y yo no pude evitar que unas lágrimas casi me impidieran ver por última vez (por ahora) a esa Virgen que tantos sentimientos ha despertado en mí. Me   despedí de ella en silencio; le di las gracias por la maravillosa experiencia que había vivido, y por permitirme conocer gente tan extraordinaria como Violeta y su familia, y tras escuchar: “Todos fuera, por favor, que vamos a cambiar a la Virgen”, me marché pensando en aquella famosa frase, a la que, sonriendo, le cambié el sentido. “Zamora, sí que me ha ganado en una hora”.

lunes, 15 de abril de 2019

¡¡¡FELICIDADES MARISA!!!




     Hay días que me cuesta más escribir el blog. Hay días que tengo las ideas en la cabeza, pero tardo en ordenarlas y darles un formato comprensible.

Hoy no es uno de esos días; al contrario, hoy la pluma cuando escribo, va sola. Hoy las imágenes, las vivencias, y los sentimientos se me agolpan en el corazón, y le meten prisa a la mano para que vaya transmitiendo más rápidamente lo que quieren compartir con todo el mundo

Hoy me es muy fácil hacer esta publicación, porque va dedicada a mi amiga del alma: Marisa

¡Ay Marisina! Te haces mayor ¿eh? ¡Felicidades! ¿Qué son 60 años…?

¿Sabes lo que son TUS 60 años? El camino de una vida plena y feliz. Te has encontrado, por supuesto, con muchas piedras en ese camino (nadie dijo que vivir fuera a ser fácil), pero tú has sabido quitarlas, tirarlas a un lado de la cuneta, y seguir caminando, no sin antes haber aprendido, que aunque vayamos siempre mirando al cielo, de vez en cuando hay que mirar para la tierra que pisamos, para no encontrarnos con obstáculos imprevistos.

A lo largo de estos 60 años has ido viviendo con intensidad tanto lo bueno como lo malo, pero siempre con la enorme la capacidad de coger con fuerza lo bueno, y meter en el cajón de los olvidos lo malo.

¡Tendría tantas cosas que contar de ti! ¡Son tantas las anécdotas que nos han pasado a lo largo de estos casi 45 años que nos conocemos! Desde aquella incomible tarta de piña, cuando soñábamos con príncipes azules, hasta el último café de hace dos semanas, mientras disfrutábamos de una agradable sobremesa, en donde con lo que soñábamos, era con seguir como estamos.

Cuando fuimos al Liceo (al gallinero de los gallineros) y desde allí arriba, de pie, vimos a Fiorenza Cossotto en Il Trovatore...

Cuando se nos echó la terrible niebla encima, bajando de los Picos de Europa, y casi nos veíamos al fondo de un barranco. Tú agarraste bien el volante, y metro a metro fuiste conduciendo, con aplomo, hasta que llegó la claridad. 

Cuando fuimos a aquel siniestro restaurante, en pleno barrio gótico, digno de pertenecer a la familia Monster,  y descubrimos un sitio increíble para comer fondies: La Carassa....

Eres una de las mejores personas que he conocido, y sin duda la mejor de las amigas (con todo el cariño hacia las/los otras/otros).

Has estado siempre a mi lado. Alegrándote con mis alegrías, y ayudándome a mitigar mis tristezas.

Las veces que ni yo misma me aguantaba, tu infinita paciencia me daba una lección de lo que es la verdadera amistad. ¡Cuánto vale un silencio! ¡Cuánto vale un pequeño paréntesis para que yo pueda coger aire y recuperarme! “Estoy aquí; a tu lado, pero no invado tu espacio”. Esa eres tú.

Podría estar dándote las gracias miles de horas, aunque sé que a ti no te gusta que lo haga.

Te has rodeado siempre de buena gente. Has cuidado de tu familia y de los tuyos, como esa mamá leona cuida de sus cachorros.

Has mimado a tus amigos, y tu mano jamás ha dejado de estar abierta para coger la nuestra, si la necesitamos.

La gente te quiere muchísimo. Supongo que eres consciente de ello. ¿O no?

Repasando el otro día letras de las canciones del gran Alberto Cortez, leí una estrofa, y automáticamente pensé en ti:

“Cuanto mejor trigo siembres, mejor será la cosecha.”

Marisa, el trigo que has ido sembrando a lo largo de tu vida ha sido trigo de primera calidad. ¡Ecológico!

Puedes estar satisfecha de todo lo que has conseguido. Estoy convencida que cuando te metas en la cama por la noche, ni un solo pensamiento negativo te robará un solo minuto de sueño.

Querida amiga, sabes que te quiero mucho, y que te debo mucho.

Espero de aquí veinte o treinta años seguir disfrutando de tu compañía, de tu cariño, y de ese único y personal sentido del humor, que es capaz de arrancar una carcajada en los momentos más dramáticos.

Seguiré sonriendo cada mañana cuando abra el móvil y vea ese whatssap, al que me has mal acostumbrado, con la foto de unos humeantes churritos, o un apetitoso croissant con un buen café, y tu mensaje: “Bon día pretty, me voy corriendo a trabajar. Qué suerte tienes tú…”

Muchos smuakes.






sábado, 6 de abril de 2019

EN UN RINCÓN DEL ALMA


      
        
      Querido Alberto, supongo que la tristeza de dejar, por ahora, a tus seres queridos “acá”, se verá aliviada por el reencuentro que habrás tenido con todos los maravillosos seres a los que fuiste arropando con tu música, a lo largo de tus 79 años.

Estoy segura que el beso que te habrá dado tu "Abuelo", llevará el aroma a la tierra mojada de su amada Galicia.

Estoy segura que el abrazo de aquel “Amigo que se fue”, dejándote un irreemplazable espacio vacío, habrá sido tan intenso  que el cielo se habrá llenado de estrellas emocionadas, que habrán aplaudido como enloquecidas fans.

Estoy segura que “Callejero”, al ver aparecer tu impresionante figura, habrá dejado de jugar con la libertad, y te habrá llenado de lametones, las manos que tanto le acariciaron.

Estoy segura que el “Rincón de tu alma” que quedó empapado del dolor de la soledad y el abandono, se habrá llenado de "Rosas", como las que mandabas a tu amada, cada día, para aliviar la tristeza de la distancia.

Estoy segura que allá donde estés, te llegará la dulce sombra del “Árbol” que plantaste de niño, junto a tu madre, y que te cogió la mano con sus ramas, y juntos crecisteis, y os hicisteis mayores.

Estoy segura que jugarás con “Castillos en el aire”, llenos de duendes, de luz y de color.

Estoy segura que, donde hayan tenido la inmensa suerte de recibirte, te habrás encontrado con tu querido “Padre”, al que un día le dijiste que ya tenías alas, y que querías volar, y te habrá apretado entre sus brazos recordándote aquella frase: “Camina siempre adelante”, sin ofender a nadie, para que nadie te ofenda.

Estoy segura que tu nombre, tu arte y tu poesía, jamás morirán.

Gracias por todas las canciones que nos has dejado, como un impagable legado, y que ya forman parte de nuestras vidas.

Gracias por esos mensajes, que si consiguiéramos hacerlos nuestros, el mundo sería el idílico lugar por el que tanto luchaste

Gracias por tu voz; por tu manera de decir; por tu personalidad y por ser tan buena gente

Alberto Cortez, eres de aquí y eres de allá. Eres de donde quieras ser, porque hombres como tú, son los que hacen grande a la humanidad.

         Dale un beso de mi parte a ese callejero que, aunque nunca tuvo dueño, compartió su vida con todos los que le regalaron una sonrisa.








sábado, 16 de marzo de 2019

CUANDO LA GENTE MAYOR NOS PARECIA “TAN” MAYOR…



El domingo me dio por abrir uno de los cajones con recuerdos familiares que tengo en casa. Estos cajones son especiales. Están ahí; te van llamando, de vez en cuando, pero nunca encuentras el momento de hacerles caso, hasta que sin saber por qué,  sientes la necesidad de volver a conectarte con quienes, generalmente, ya no están. Me quedé atrapada toda la tarde.

Se me hizo de noche leyendo las postales que le mandaban a mi abuela, (hace más de un siglo), sus amigas, sus padres y sus hermanos, para felicitarla por su cumpleaños, o simplemente para decirle que la querían.

Postales de su adolescencia, y también de sus primeros años de casada. Postales escritas con la nostalgia de no tenerla cerca; a pesar de que ella seguía viviendo en Barcelona. Pero, como era natural, fuera ya del nido.

Dos álbumes llenos de postales que parecían recién sacadas de la imprenta. Con los colores, sin haber perdido un ápice de su luminosidad. Postales de colección; postales que iban indicando el caminar del tiempo.


Y si bonitas eran sus imágenes, al darles la vuelta, sus mensajes se me agarraron al corazón. A veces me llegué a sentir como una intrusa, penetrando en un mundo privado e íntimo. La mayoría de los mensajes eran escuetos y sencillos: “Tu mamá que te quiere”. “Tu hermano que  no te olvida”. Pero había otros que consiguieron que unas lágrimas de añoranza corrieran por mis mejillas.

¡Cuánto me hubiera gustado poder conocer, de verdad, a mis abuelos! Cuando estaban llenos de vida y de ilusiones. Cuando las  preocupaciones todavía no habían llegado para quedarse con ellos, bien agarradas, hasta sus últimos días.

En ese cajón de recuerdos, empecé a ver también los recordatorios de diferentes fallecimientos, y ahí es cuando se me rompieron todos los esquemas.

Algunos eran de personas que habían muerto cuando yo era pequeña, y que siempre había estado convencida que lo habían hecho con ochenta años. Al leer su pequeña necrológica, y fijarme en la edad que indicaba, aluciné. Muchos habían muerto, tan solo, con diez años más de los que yo tengo ahora, o incluso menos.

¿Cómo era posible que aquel tío, o amigo de la familia, que me daba pellizcos en la cara cada vez que me veía, o aquel médico que venía a casa cuando estaba con un buen catarro, y a quien tanto temía porque siempre acababa por recetarme las temidas inyecciones,  tuviera en aquel  momento cincuenta y pico de años? Si eran personas súper, súper mayores….

Y aunque dicen que solamente hay una respuesta para cada pregunta, yo creo que para esta hay dos: Ellos no eran tan mayores, y yo ya no soy tan joven.

Nos queremos convencer que los tiempos han cambiado; que ahora una persona de setenta años está casi en la flor de la vida; que nosotros no aparentamos, ni con mucho, la edad que tenemos, etc, etc, etc. Pero ¿es verdad?

¿Cómo nos ve la juventud? ¿Cómo nos ve esa chica (por supuesto, no española) que se levanta en el metro para cedernos su asiento? ¿Cómo nos ve ese chavalillo que nos da con la pelota en pierna, y nos dice: “Perdone, señora” (seguramente tampoco será español)?

Es gracioso empeñarnos en pensar que por nosotros no pasa el tiempo, y sin embargo, cuando nos encontramos con un conocido, al que no vemos desde hace años, enseguida nos damos cuenta que, para él, no es que haya pasado, es que lo ha arrasado.

“Estás igual……” ¡Venga, ya! No. No estamos igual. ¡Afortunadamente! No hay nada mejor que ir cumpliendo años, e ir amoldándonos, con alegría, y con elegancia, a las nuevas etapas de la vida.

Es ridículo agarrarnos a lo que fuimos, y querer seguir viviendo como si el tiempo no hubiera pasado.  No hay nada más patético que quien se  niega a soltarse de la juventud. Y no hay nada más tierno que esa pregunta de los abuelos: “¿Sabes cuantos años tengo ya…?” Y tú sonríes, le dices bastantes menos de los que crees que tiene, y su cara se ilumina al confirmarte que tiene muchos, muchos más.

¡El tiempo! El que todo lo cura. El que a todos pone en su lugar.

De repente me siento mayor, pero no me importa. No creo que todo tiempo pasado fuera mejor. Mi tiempo es este momento; el que estoy con todos vosotros hablando de las postales de mi abuela.