domingo, 6 de enero de 2019

ESTOY TEMBLANDO

Mi foto favorita. Que nunca pierda la ilusión
de ese momento

Esta madrugada he vivido una de las noches más maravillosas de mi vida. No; hay otra palabra que la define mejor: mágicas. Una de las noches más mágicas. De esas noches a cuyo recuerdo recurriré, cuando la monotonía, o la falta de ilusión, quiera cubrirme con su sombra gris.

La semana que viene hará un año que dejé de trabajar. Un año ya… me parece imposible. De las muchas cosas que he hecho a lo largo de este año, quizás la que más satisfacciones personales me ha aportado, ha sido la de hacerme voluntaria de la Cruz Roja. Lo recomiendo a todo el mundo que tenga cinco minutos libres, y quiera entregarlos a los demás.

Ayer, después de la Cabalgata, los tres Reyes Magos visitaron la Cruz Roja, y desde allí, a las doce en punto de la noche, partieron con todos sus ayudantes, hacia las casas de los niños con los regalos que les habían traído desde Oriente. Yo estaba muy nerviosa, ya que había tenido el inmenso honor de que el Rey Melchor me eligiera como uno de sus pajes. Imaginaros mi enorme responsabilidad.

Me harían falta cien novelas para poder describir todas las reacciones de los pequeños.

Algunos estaban despiertos, esperándonos en el comedor, bien abrigaditos, porque supongo que se habrían enterado que estábamos ya muy cerca, y han sido incapaces de meterse en la cama. Pero claro, una cosa es imaginarse al Rey, y otra muy distinta verlo aparecer por la puerta, acompañado de su séquito. Las caritas de sorpresa y emoción han sido indescriptibles.

Uno de los pequeños, después de abrir nervioso el último juguete nos ha confesado: Estoy temblando…

En otra casa, una preciosidad de criatura de cuatro años, muy morenita, se ha abrazado al rey Melchor, y yo diría que he visto alguna pequeña lágrima descender por su blanca barba.

Y luego los ha habido que estaban profundamente dormidos en sus camas. Los que tenían el sueño más ligero, se han despertado enseguida al escuchar su nombre de labios de su Majestad, pero otros nos ha costado una ardua tarea conseguir que abrieran sus somnolientos ojitos. ¿Os imagináis despertaros y ver al Rey de Oriente, al lado de vuestra cama, cargado de juguetes?

A la enorme ilusión de los pequeños, había que añadir la de los padres que, móvil en mano, intentaban inmortalizar este momento mientras la emoción les emborronaba los ojos.

Noche mágica; noche que ninguno de nosotros olvidará, porque todos en este día abrimos la puerta de nuestro corazón, para que salga ese niño que llevamos dentro, y que 364 días al año intentamos reprimir o no escuchar.

Qué bien nos iría, y qué diferente sería la humanidad, si esa puerta permaneciera siempre abierta.

Felices Reyes, amigos. Hoy todos hemos recibido un regalo. Algunos físicos, y otros quizás en forma de un abrazo o un beso. Desde aquí, os mando los míos.