sábado, 16 de marzo de 2019

CUANDO LA GENTE MAYOR NOS PARECIA “TAN” MAYOR…



El domingo me dio por abrir uno de los cajones con recuerdos familiares que tengo en casa. Estos cajones son especiales. Están ahí; te van llamando, de vez en cuando, pero nunca encuentras el momento de hacerles caso, hasta que sin saber por qué,  sientes la necesidad de volver a conectarte con quienes, generalmente, ya no están. Me quedé atrapada toda la tarde.

Se me hizo de noche leyendo las postales que le mandaban a mi abuela, (hace más de un siglo), sus amigas, sus padres y sus hermanos, para felicitarla por su cumpleaños, o simplemente para decirle que la querían.

Postales de su adolescencia, y también de sus primeros años de casada. Postales escritas con la nostalgia de no tenerla cerca; a pesar de que ella seguía viviendo en Barcelona. Pero, como era natural, fuera ya del nido.

Dos álbumes llenos de postales que parecían recién sacadas de la imprenta. Con los colores, sin haber perdido un ápice de su luminosidad. Postales de colección; postales que iban indicando el caminar del tiempo.


Y si bonitas eran sus imágenes, al darles la vuelta, sus mensajes se me agarraron al corazón. A veces me llegué a sentir como una intrusa, penetrando en un mundo privado e íntimo. La mayoría de los mensajes eran escuetos y sencillos: “Tu mamá que te quiere”. “Tu hermano que  no te olvida”. Pero había otros que consiguieron que unas lágrimas de añoranza corrieran por mis mejillas.

¡Cuánto me hubiera gustado poder conocer, de verdad, a mis abuelos! Cuando estaban llenos de vida y de ilusiones. Cuando las  preocupaciones todavía no habían llegado para quedarse con ellos, bien agarradas, hasta sus últimos días.

En ese cajón de recuerdos, empecé a ver también los recordatorios de diferentes fallecimientos, y ahí es cuando se me rompieron todos los esquemas.

Algunos eran de personas que habían muerto cuando yo era pequeña, y que siempre había estado convencida que lo habían hecho con ochenta años. Al leer su pequeña necrológica, y fijarme en la edad que indicaba, aluciné. Muchos habían muerto, tan solo, con diez años más de los que yo tengo ahora, o incluso menos.

¿Cómo era posible que aquel tío, o amigo de la familia, que me daba pellizcos en la cara cada vez que me veía, o aquel médico que venía a casa cuando estaba con un buen catarro, y a quien tanto temía porque siempre acababa por recetarme las temidas inyecciones,  tuviera en aquel  momento cincuenta y pico de años? Si eran personas súper, súper mayores….

Y aunque dicen que solamente hay una respuesta para cada pregunta, yo creo que para esta hay dos: Ellos no eran tan mayores, y yo ya no soy tan joven.

Nos queremos convencer que los tiempos han cambiado; que ahora una persona de setenta años está casi en la flor de la vida; que nosotros no aparentamos, ni con mucho, la edad que tenemos, etc, etc, etc. Pero ¿es verdad?

¿Cómo nos ve la juventud? ¿Cómo nos ve esa chica (por supuesto, no española) que se levanta en el metro para cedernos su asiento? ¿Cómo nos ve ese chavalillo que nos da con la pelota en pierna, y nos dice: “Perdone, señora” (seguramente tampoco será español)?

Es gracioso empeñarnos en pensar que por nosotros no pasa el tiempo, y sin embargo, cuando nos encontramos con un conocido, al que no vemos desde hace años, enseguida nos damos cuenta que, para él, no es que haya pasado, es que lo ha arrasado.

“Estás igual……” ¡Venga, ya! No. No estamos igual. ¡Afortunadamente! No hay nada mejor que ir cumpliendo años, e ir amoldándonos, con alegría, y con elegancia, a las nuevas etapas de la vida.

Es ridículo agarrarnos a lo que fuimos, y querer seguir viviendo como si el tiempo no hubiera pasado.  No hay nada más patético que quien se  niega a soltarse de la juventud. Y no hay nada más tierno que esa pregunta de los abuelos: “¿Sabes cuantos años tengo ya…?” Y tú sonríes, le dices bastantes menos de los que crees que tiene, y su cara se ilumina al confirmarte que tiene muchos, muchos más.

¡El tiempo! El que todo lo cura. El que a todos pone en su lugar.

De repente me siento mayor, pero no me importa. No creo que todo tiempo pasado fuera mejor. Mi tiempo es este momento; el que estoy con todos vosotros hablando de las postales de mi abuela.




sábado, 2 de marzo de 2019

LA NIÑA QUE DEJÓ DE CANTAR PORQUE SE LE ROMPIÓ EL CORAZÓN

Cuántas veces me han preguntado de dónde me vienen las ideas para escribir. Mi respuesta es siempre la misma: De la vida.

Os voy a contar una historia que descubrí el otro día, viendo un programa de televisión.

No; no fue en ningún documental, como todo el mundo presume que únicamente ve ¿¿¿???; ni en ninguna noticia de los telediarios; ni en ningún programa de divulgación científica. Fue en  Got Talent España. Un programa concurso, en donde los concursantes tienen que demostrar su “arte”.

Como en la viña del Señor, por ahí pasan todo tipo de personas, y de personajes. Desde los que realmente tienen talento en su disciplina (música, acrobacia, magia, humor, etc.), hasta los que su inconsciencia, falta de criterio personal, y estupidez, les hace pensar que son muy buenos.

Bien, vayamos a lo que os quería contar.

Últimamente, casi todos los programas que veo en la televisión, son grabados. Así me ahorro los anuncios, y cuando algo no me interesa, simplemente le doy a una teclita del mando,  lo acelero, y lo paso.

El martes, mientras comía, me puse  para distraerme el Got Talent España que habían emitido el día anterior. Todo iba como siempre: con actuaciones buenas, regulares, malas y malísimas. De repente, el jurado se quedó un poco desconcertado ante el retraso del siguiente número. Se miraron entre ellos; el público comenzó a inquietarse, y finalmente apareció un técnico del equipo para informar al jurado, que la chica que tenía que salir, estaba muy nerviosa.

Entonces el programa conectó con el Backstage (bambalinas de toda la vida) y sacó un primer plano de la chica.

La participante era una niña de 12 años. Me gustaría poder describírosla, pero creo que la palabra que más se acerca es la de: Un ángel.

Delgadita; con una preciosa melena rubia, y unos maravillosos ojos que transmitían paz y serenidad. Curiosamente, lo que le estaba faltando a ella para salir a actuar.

Y tomando varios momentos, ya grabados, de la entrevista previa que le habían hecho (y que el jurado desconocía), la niña comenzó a explicar con voz pausada.

“Yo estoy siempre cantando: cuando me levanto, mientras de ducho, mientras desayuno, por la casa, en el colegio, en mi habitación. Siempre cantando; pero hace un par de años dejé de hacerlo”.

La cámara se acercó más, y se pudo apreciar el cambio en la expresión de sus preciosos ojos.

“Hace dos años perdí la ilusión por cantar; no tenía ganas de nada. Estaba triste; sin fuerzas, y no lo entendía, hasta que me dijeron lo que me ocurría: Tenía un gravísimo problema de corazón.

Un corazón al que, cada vez que me nota que estoy nerviosa o alterada,  le dan micro infartos…

Tengo que estar siempre relajada, intentando no preocuparme, porque si no, me puede dar un ataque en cualquier momento”.

Aun así, y gracias al tesón, el amor y el trabajo de su madre, que se convirtió en la guardiana y protectora de su corazón, consiguió volver a tener la ilusión de cantar.

La niña finalmente salió al escenario. Muy despacio. La realización del programa hizo casi una salida en cámara lenta, mientras se veían las caras del jurado observándola, y ella observando al jurado, y a todo el público que abarrotaba el teatro.

Su mirada era de absoluta tranquilidad, (no podía permitirse otra cosa), aunque los nervios iban por dentro.

El jurado la acogió con cariño; le dijeron que cerrara los ojos, y pensara que estaba cantando ella sola, en su habitación.

La niña del corazón partío, como diría Alejandro Sanz, comenzó a cantar. No voy a juzgar cómo lo hizo porque, aunque la voz era muy bonita, e interpretó “Hallelujah” de Leonard Cohen, con un sentimiento que ponía los pelos de punta, creo que lo importante fue la actitud, y el pulso que le echó a la vida.

Cuando finalizó, el público la ovacionó, puesto en pié, y cada miembro del jurado le dio un “SI” emocionado, al que ella fue agradeciendo con lágrimas en los ojos.

Edurne, que era uno de los miembros del jurado (mujer  maravillosa, como artista y como persona), le preguntó quién era su referente. Me imagino que lo que quería saber era quién era el cantante al que admiraba, o al que le gustaría parecerse. La pequeña no tardó ni un segundo en responder con orgullo: “Mi madre”.

¿Por qué me toco tanto esta historia? Por muchas cosas.

Porque el destino le ha adherido, a su pecho infantil, una bomba con la que tendrá que convivir toda la vida.

Porque tendrá que aprender la, casi imposible misión, de no ponerse nunca nerviosa, y de no permitir que nada la altere. ¿Os imagináis todo lo que le espera a esta criatura? ¿Os podéis acordar de todas las situaciones de estrés, de angustia, y de preocupaciones que lleváis viviendo desde que tenéis uso de razón?

¿Cómo tendrá que hacer para no perder su propio control, ante todas las dificultades que le esperan en la vida?

La vida es maravillosa, por supuesto; es lo más grande que tenemos, pero a lo largo de ella, deberemos atravesar muchos puentes peligrosos; algunos tan frágiles, que cualquier paso en falso, nos hará caer en el agua.

 “Sé que tengo esta enfermedad en el corazón, como podía tenerla en una pierna, o en un brazo”. Explicaba la nena de la mano de su madre, que la miraba embelesada por su coraje.

Cuando acabó la actuación, y todavía envuelta en una nube de felicidad, salió del escenario agradeciendo la oportunidad que le había dado el programa para sentirse mejor con ella misma, y para dejar atrás sus defectos.

Lección de fortaleza; de superación; de enfrentarse a los enemigos con la espada en alto. Lección de una niña, a quien el corazón roto le impidió hacer lo que más quería, pero al que ella le ha puesto una gran tirita y…. ¡Para adelante!

Sí amigos. Los héroes y las heroínas no solo están en los libros. A veces, muchas más veces de la que nos imaginamos, las tenemos a nuestro lado.

Ojalá esta pequeña tenga una extraordinaria carrera musical; consiga todos sus sueños, y su corazón se acostumbre a las oleadas de la vida, y no se asuste con sus invites, sino que aprenda a saltarlos con alegría.

Un beso a todos y acordaros que la vida… es un Carnaval




martes, 12 de febrero de 2019

MAIÀ, MI PEQUEÑA DEL ALMA


Necesito escribir, porque el dolor es tan grande que no me deja ni respirar. Necesito escribir, porque quiero compartir con la gente que me quiere, lo que te agradezco los 14 años que me has regalado.

Creía que estaba más o menos preparada para este día, que me ha estado martirizando desde que con mes y medio llegaste a mi vida, pero no lo estoy.

Voy deambulando por la casa como un alma en pena, porque toda está llena de ti, pero sin ti.

La unión que teníamos la dos era tan intensa, que tan solo con solo una mirada, nos bastaba para percibir cada uno de nuestros sentimientos.  

No habría palabras, en todos los libros del mundo, para explicar lo que has significado para mí. Has estado a mi lado en los mejores y más felices momentos de mi vida, y también en los más tristes y dramáticos.

¡Me has ayudado tanto a despertarme algunas mañanas…!

Supongo que lo sabes, pero si no,  cuando ahora, desde el famoso “Arco Iris” te pasen la película de nuestra vida juntas, seguro que te alegrarás de ver que has sido el mayor regalo de mi vida.

Me queda la enorme satisfacción de saber que miles de personas se han enamorado de ti al leer tus aventuras.

Sé que seguirás a mi lado hasta el último día de mi vida, y que este vacío tan insoportable que siento ahora en el alma, y que me desgarra el corazón, se irá mitigando con el tiempo, a medida que tu recuerdo, en vez de hacerme tanto daño, me ayude a seguir caminando con una sonrisa.

Dale muchos lametoncitos al Capi, a la Wendy, a la Nina, y a mamá, que hoy le habrás alegrado el día con tu llegada.

Te quiero, mi pequeña Maià.

domingo, 6 de enero de 2019

ESTOY TEMBLANDO

Mi foto favorita. Que nunca pierda la ilusión
de ese momento

Esta madrugada he vivido una de las noches más maravillosas de mi vida. No; hay otra palabra que la define mejor: mágicas. Una de las noches más mágicas. De esas noches a cuyo recuerdo recurriré, cuando la monotonía, o la falta de ilusión, quiera cubrirme con su sombra gris.

La semana que viene hará un año que dejé de trabajar. Un año ya… me parece imposible. De las muchas cosas que he hecho a lo largo de este año, quizás la que más satisfacciones personales me ha aportado, ha sido la de hacerme voluntaria de la Cruz Roja. Lo recomiendo a todo el mundo que tenga cinco minutos libres, y quiera entregarlos a los demás.

Ayer, después de la Cabalgata, los tres Reyes Magos visitaron la Cruz Roja, y desde allí, a las doce en punto de la noche, partieron con todos sus ayudantes, hacia las casas de los niños con los regalos que les habían traído desde Oriente. Yo estaba muy nerviosa, ya que había tenido el inmenso honor de que el Rey Melchor me eligiera como uno de sus pajes. Imaginaros mi enorme responsabilidad.

Me harían falta cien novelas para poder describir todas las reacciones de los pequeños.

Algunos estaban despiertos, esperándonos en el comedor, bien abrigaditos, porque supongo que se habrían enterado que estábamos ya muy cerca, y han sido incapaces de meterse en la cama. Pero claro, una cosa es imaginarse al Rey, y otra muy distinta verlo aparecer por la puerta, acompañado de su séquito. Las caritas de sorpresa y emoción han sido indescriptibles.

Uno de los pequeños, después de abrir nervioso el último juguete nos ha confesado: Estoy temblando…

En otra casa, una preciosidad de criatura de cuatro años, muy morenita, se ha abrazado al rey Melchor, y yo diría que he visto alguna pequeña lágrima descender por su blanca barba.

Y luego los ha habido que estaban profundamente dormidos en sus camas. Los que tenían el sueño más ligero, se han despertado enseguida al escuchar su nombre de labios de su Majestad, pero otros nos ha costado una ardua tarea conseguir que abrieran sus somnolientos ojitos. ¿Os imagináis despertaros y ver al Rey de Oriente, al lado de vuestra cama, cargado de juguetes?

A la enorme ilusión de los pequeños, había que añadir la de los padres que, móvil en mano, intentaban inmortalizar este momento mientras la emoción les emborronaba los ojos.

Noche mágica; noche que ninguno de nosotros olvidará, porque todos en este día abrimos la puerta de nuestro corazón, para que salga ese niño que llevamos dentro, y que 364 días al año intentamos reprimir o no escuchar.

Qué bien nos iría, y qué diferente sería la humanidad, si esa puerta permaneciera siempre abierta.

Felices Reyes, amigos. Hoy todos hemos recibido un regalo. Algunos físicos, y otros quizás en forma de un abrazo o un beso. Desde aquí, os mando los míos.

sábado, 15 de diciembre de 2018

HE PERDIDO EL MIEDO AL DENTISTA


         
          Con los años voy perdiendo el miedo a muchas cosas. Voy aprendiendo a relativizar, y a darle importancia a lo que creo que realmente la tiene.

            Con los años empiezo a encontrarle el gustillo a decir que “NO”,  a todo aquello que antes no me atrevía.

            Con los años voy perdiendo el miedo a muchas cosas… pero no a todas.

            Hasta hace un par de semanas, la sola palabra de “dentista”, hacía que un sudor frío comenzara a recorrerme el cuerpo de arriba abajo.

            No puedo decir que mi casi histeria se deba a una mala experiencia. He tenido las normales, y he dado con buenos profesionales. No puedo argumentar, para mi defensa, que me hayan hecho daño, o que haya salido de las consultas con la cara deformada. Pero, queridos amigos, ya se sabe que el miedo es irracional.

            Llevaba más de tres años (muy mal hecho) sin realizarme  ninguna revisión. Iba aplicando la consoladora teoría del avestruz: “Si meto la cabeza en la tierra, no me verán”. Si no voy al dentista, no me encontraran nada.

            Pero es que hay algo que, su sola imagen, me convierte en un ser diminuto e indefenso: El maquiavélico: "sillón de dentista" .

            Ese tormentoso sillón, en donde solo se puede apoyar el brazo izquierdo, quedando el derecho a merced de los nervios que ese momento te estén dominando. Ese pobre brazo derecho, que igual se puede quedar pegado al estómago, sin atreverse a moverse ni un milímetro, como si estuviera pegado con loctite, que erigirse en director de orquesta, y no parar de moverse de arriba para abajo, ante el más mínimo asomo de molestia, con el consiguiente cabreo del dentista que teme que, en uno de los arrebatos “braciles”, el torno se quede clavado en la  oreja del paciente.

            Pero ahí no acaba la cosa. Ese “cómodo sillón” en donde te invitan a estirarte, lo más elegantemente posible, comienza a irse para atrás hasta que te quedas, no horizontal, si no con la cabeza casi colgando.

            Y encima de esa cabeza colgante, un foco de doscientos mil voltios que te ciegan. Y ya, para rematar, la boca abierta como si te fueras a comer una hipotética maxi hamburguesa de tres pisos. Del aspirador de saliva…mejor no hablamos.

            Y aún tienen la guasa de preguntarte: ¿está cómoda?

            Pues como os iba contando, después de tres años fui a que me hicieran un estudio de cómo tenía la dentadura. Simplemente era una visita de reconocimiento. Sabía que no me iban a hacer nada, y aun así, mi miedo cerval hizo que por cuatro veces anulara esa visita.

            Para seguir un poco buscando argumentos a mi favor, os diré que era la primera vez que iba a esta clínica dental. Era uno de los productos estrella de una entidad bancaria que tenía contratado hacía un año.

            Después de un minucioso examen, solo encontraron alguna reconstrucción, un empaste y una endodoncia.

            El pánico comenzó a apoderarse de mí desde el mismo momento en que me dieron el presupuesto, y comenzamos a hacer la programación de las  visitas.

            Ya me habían hecho hacía unos años, un par de endodoncias (coloquialmente, matar el nervio), y me acordaba de la terrible tensión que había pasado, temiendo que la anestesia se hubiera quedado corta.

            Este recuerdo me acompañó los siete días que precedieron a la intervención.

            Esa noche tuve mil pesadillas; no comí nada, porque no me entraba ni un guisante, y a las cuatro de la tarde me dirigí a la clínica, como aquel pobre animalillo que lo llevan al matadero.

            Pero ahora os quiero contar la transformación que tuve, gracias al poder mental, y otras ayudas.

            Estoy haciendo un nuevo curso de Mindfulness: vivir el hoy, sin deprimiros por el ayer, ni agobiaros por el mañana (ya os hablé de esto en una publicación el 5/3/16). Es un curso fantástico con una profesora (Lila Lorenzo) que tendría que recomendarla como medicina la Seguridad Social: divertida, ágil, positiva y absolutamente loca.

            En este curso estamos aprendiendo a meditar, y a conocer, respetar y querer a nuestro propio cuerpo, y nuestra propia mente.

            Cuando iba camino de la clínica dental, comencé (sin demasiadas expectativas) a intentar relajarme, controlando las respiraciones. Al llegar, mientras estaba esperando en la sala, me di cuenta que llevaba en el bolso unos auriculares. Los conecté al móvil, y abrí uno de los audios de relajación que la profesora nos había hecho llegar, a través del grupo de whatsApp.

            Escuchar su voz, y la suave música de fondo, me fue relajando, aunque continuaba con las manos heladas y el corazón pidiéndome a gritos un Valium.

            Entré por fin en la consulta. La doctora era una mujer joven, venezolana, a la que ya había conocido la semana anterior en la revisión. Es importantísimo saber quién va a ser el profesional que te va a atender. Ponerle cara. A mí desde el primer momento me dio confianza. 

            Al tumbarme en el famoso sillón, le dije si podía ponerme los cascos y escuchar música por el móvil. Lo pregunté por si acaso podía interferir en los aparatos, que ya me esperaban ansiosos. Me contestó que naturalmente, y quiso saber qué iba a escuchar. Le dije que un audio de Minfulness, y me parece que se quedó igual que estaba.

            En vez de estirarme con los pies separados, lo hice con mi postura favorita para descansar, que es el pie izquierdo encima del pie derecho. Ante todo buscar la posición más cómoda. Subí el sonido del audio, cerré los ojos y comencé a respirar profundamente.

            Os he de decir, que no me enteré ni de cuándo me puso la anestesia (solo noté el amargor en la garante del liquido). Fui siguiendo todo el proceso, pero desde una relajación absoluta, de la que me daba cuenta, y ni yo misma me lo podía creer.

            Las pulsaciones bajaron; el corazón cogió su ritmo normal, y la música me protegió y me ayudó a no estar pendiente de los sonidos externos.

            Cuando la doctora me dijo: “Ya se puede enjuagar”, me pareció imposible que llevara cuarenta minutos bajo el foco, con la boca abierta.

            El lunes pasado volví para seguir con el tratamiento, y nuevamente me coloqué los cascos, y me puse una música de relajación que me gusta. El resultado: el mismo.

            Estoy súper feliz de haber vencido a uno de los miedos más grandes que tenía. Y de haberlo vencido con mis armas. Claro que la profesionalidad de la doctora venezolana, tiene mucho que ver.

            Un beso a todos.




sábado, 6 de octubre de 2018

MIS RECUERDOS CON MONTSERRAT CABALLÉ



Hay una famosa frase que dice: Dios te libre del día de las alabanzas.

Efectivamente, cuando de repente te conviertes en la mejor persona del mundo; la más simpática; la más inteligente; la más…. Cuando todos comienzan a hablar maravillas de ti…¡Malo! Ya no estás entre los vivos.

Sin embargo, las grandes frases también tienen sus excepciones, y hoy es uno de esos días en que se cumple.

Hoy, absolutamente todas las cadenas de televisión, las emisoras de radio, los periódicos digitales, y los ciudadanos de a pie,  alaban la irrepetible voz y personalidad, de una de las mayores artistas que ha tenido la música, y en especial la ópera.

A estas alturas nadie va a descubrir a Montserrat Caballé. Todo está dicho. Todo está escuchado.

Sabía que estaba muy delicada de salud. Su vida ha sido un ir jugando con ella, y un ir venciendo todos los obstáculos que le iba poniendo en su camino. “La Caballé” ha sido una mujer que si habría que unirla a una palabra sería: luchadora.

¡Tengo tantos recuerdos de ella! ¡Han sido tantas las tardes y noches en que he salido entusiasmada del Liceo, después de vivir el éxito de sus funciones!

Ahora me doy cuenta de la suerte que he tenido. Yo pertenezco a esa generación que ha vivido de cerca a los grandes divos de la ópera. Yo he podido ser testigo de noches inolvidables de Caballé, Plácido Domingo, Josep Carreras, Jaume Aragall, Alfredo Kraus,  o hasta, por una sola vez, Luciano Pavarotti.

El pleno apogeo de Montserrat Caballé me pilló en mi época de estudiante de canto. En esa época en que iba prácticamente cada día al Liceo. Todas las funciones tenían su encanto, pero el día que cantaba “la Caballé” todo se teñía de otro color.

El ambiente dentro y fuera del escenario; dentro y fuera del teatro, era diferente. Había una excitación y una emoción contenida que cortaba hasta la respiración.

A Montserrat Caballé me unen tres tipos de recuerdos. Las óperas en que la disfruté desde la butaca del teatro, como Norma, Andrea Chenier, Tosca, Salomé o Turandot.

Las operas que “viví” a su lado, cuando tuve la suerte de salir de figurante, como en Aída (la mítica con Plácido Domingo). Y sobre todo el recuerdo de la audición privada que me hizo en su casa, gracias a un gran amigo común.

No se me olvidará jamás los nervios que yo llevaba, su cariñoso recibimiento, su sencillez, y ese ambiente que se respiraba en su casa. Su estudio tenía toda la magia de un teatro.

Le llevé como agradecimiento a su enorme deferencia, un perrito de peluche que le encantó, y que al cabo  de unos años vi en un reportaje que le hicieron en una revista. No sé si seguirá en su casa; si habrá sido mudo testigo del paso de los años, y de la última representación en la vida de una de las mujeres más grandes de la música. Una mujer que llevó por todo el mundo, y con enorme orgullo, su nacionalidad catalana, sin dejar de ser universal.

Me imagino a Pavarotti preparándole unos buenos espaguetis para recibirla. ¡Vaya dúos que harán a partir de ahora!

Gracias señora Caballé por haber formado parte de mi vida.

sábado, 15 de septiembre de 2018

MI QUERIDA NINA... ¡GRACIAS!


¿Quien dice que el corazón no duele y el alma no sangra?

No, mi querida Nina, no quiero ponerme triste. Tú sabes mejor que nadie el vacío físico que has dejado en mi vida. Físico porque tus enormes y bellos 40 kilos ya no estarán en la puerta esperándome cuando llegue a casa; porque tus inmensos ojos color miel ya no me miraran somnolientos, cuando por la mañana me despierte y os salude con el típico: “Buen giorno cariños”. Físico porque la calle ya no será la misma si no puedo ir paseando contigo. Físico porque ya no podré achucharte y decirte: “Ay que me llenas de pelos…”

Esa parte física es la que duele. ¿Sabes? La de la ausencia, la de la falta de contacto. Esa es la parte que más desgarra y que te hace sentir  un vértigo en el estómago al pensar: No podré superarlo.

Pero sé que hay otra parte que nada ni nadie puede destruir, porque se ha quedado grabada a fuego en mi corazón: los recuerdos de la vida compartida.

Te lo he estado diciendo estos últimos días, tan difíciles, porque necesitaba que escucharas en voz alta lo que, quizás, yo daba por sentado que sabías: “Te quiero mucho, y perdóname por ser una humana, con todo lo malo que ello comporta”

No hemos podido estar demasiado tiempo juntas. Dos años y medio que se me han hecho cortos. Sé que has sido feliz; que has tenido paz, tranquilidad, amor y compañía. Sé que has estado a gusto conmigo, porque cada vez que se encontraban nuestras miradas movías con parsimonia tu enorme rabo, que jamás conseguí que levantaras.

He tratado, por todos los medios, que dejaras atrás tus miedos, pero dentro de ti anidaban tantas malas experiencias que te ha sido imposible olvidarlas. He intentado protegerte de todo lo que sabía que te asustaba, pero cómo luchar con una simple hojita que cae de un árbol, o unos niños que corren alrededor…

Ninona… aunque tú no te lo creas, porque tu timidez te ha impedido darte cuenta de todo lo que valías, has dejado a muchísima gente queriéndote. Nadie que te haya conocido ha podido dejar de sucumbir a tu halo de bondad. Esa limpia mirada llena de lealtad y de ansia de cariño, ha calado en todos los corazones con los que te has ido encontrando a lo largo de tu vida. Sé que ha habido gente que te ha hecho daño, pero esas son alimañas que, estoy convencida, se encontrarán más, tarde o más temprano, con su castigo.

Has tenido dos hadas madrinas que te han adorado  desde el mismo momento en que te vieron. Mónica, para quien siempre serás su “Rubia sevillana”, y Eulalia, a quien la palabra “Preciosa” irá unida para siempre a tu nombre.

Maià anda muy despistada y, aunque no os hacíais excesivo caso, te encuentra mucho a faltar. Tendré que darle doble ración de besos.

Ni niña grandota, como he dicho siempre cuando han partido seres a los que quería… Tú no te has ido, simplemente vas por delante mío en el camino que todos tenemos que recorrer. Espérame,  ya libre; sin miedos, y con el rabo bien alto. Todo mi amor.