sábado, 26 de marzo de 2016

El candor de Emma

Ayer para la pequeña Emma fue un día de emociones. Conocer tres perros el mismo día, es una de esas cosas que se quedan grabadas en la caja de los recuerdos, y a lo largo de la vida, van saliendo de vez en cuando; como flashes, sin saber localizar demasiado bien el tiempo o el espacio, pero como algo que a ella, seguro, le hará sonreír cada vez que la imagen de Maià, de Nina o de Merlín le vengan a la cabeza.

La reacción que iba a tener Maià, la tenía clara; la conozco como si la hubiera parido. Sé que los niños no le entusiasman demasiado, pero estaba segura que cumpliría, como una buena anfitriona. 

Estudió detenidamente a una Emma que entró tímidamente en casa, acompañada por sus padres y sus abuelos (mis primos) y la dejó que fuera inspeccionándolo todo. Ella, por si acaso, se subió al brazo del sofá, desde donde se divisaba  todo mucho mejor.

La que tendría Nina, para mí, eran una incógnita. No sabía la relación de había tenido con los niños, si es que la había tenido alguna vez y, he de reconocer, que una cierta intranquilidad me rondaba la cabeza.

La primera reacción de Emma en cuanto oyó los atronadores ladridos de Nina, fue refugiarse detrás de su madre. Poco a poco el miedo desapareció, y cuando Nina se marchó tranquilamente a su cuarto para tumbarse en la cuna, la pequeña empezó una especie de baile, bien cogida de la mano de su madre, en el que se fue acercando, un pasito para adelante, y un pasito para atrás. Tampoco había prisa ¿no?

Como niña de dos años y medio que es, de camino a su objetivo, todos los muñecos que se iba encontrando (sí, en mi casa sigo teniendo muñecos, ¿qué pasa?), iban siendo objeto de su curiosidad.

Con uno de ellos como escudo (un marinerito, al que poco tardó en quitarle los pantalones), fue aproximándose a la cuna.

Mis primas y yo hicimos las presentaciones de rigor: Emma, Nina;  Nina, Emma.

Volvimos todas al comedor (Maià no perdía ápice de la escena), y mientras los mayores hablábamos, la pequeña Emma volvió lentamente, a la habitación desde donde Nina seguía observándola.


Con asombro, nos fijamos que desde la puerta, Emma le levantó la manita en señal de saludo, y casi deslizándose, se fue acercando hasta la cuna en donde acabó arrodillada al lado de la gran cabeza de Nina, que tímidamente dejó que esa mano, tan pequeñita e inocente, fuera acariciándola en lo que estoy segura, fue la sensación más maravillosa de su vida.

Dos almas puras, dos almas blancas, dos almas llenas de amor.

Nina por un momento levantó la mirada y me miró, buscando mi aprobación ante aquello tan especial que le estaba ocurriendo, y en mí, como no podía ser de otra forma,  encontró unos ojos emocionados.


La foto con Maià era inevitable y ambas, sabiéndose las grandes divas de la casa, se colocaron en el Photocall a la distancia justa para que la cámara las captase. No hay que olvidar que Maià es ya una artista consagrada, ja,ja,ja.






Después de un largo paseo, una buena comida en un acogedor restaurante y un lluvioso camino de vuelta hacia la casa de mi hermana, Emma cayó rendida en los brazos de su madre.



Allí la esperaba la tercera de sus sorpresas prerrunas: Merlín, pero el encuentro entre los dos, tuvo esperar hasta que la peque se despertó. Entonces la diversión volvió a estar asegurada.

Merlín con su pelota arriba y abajo, la invitaba a jugar con él. Se notaba claramente que era el perro más joven de los tres y el que tenía más ganas de divertirse.

Emma reía mientras le tiraba la pelota que, a los dos segundos, volvía a tener nuevamente a su lado.


Compartió con él un trozo de pastel y sus ojos, esos enormes y preciosos ojos de criatura recién abierta al mundo de las emociones y de los descubrimientos, se llenaban de alegría.

Ni que decir tiene que a todos los mayores se nos caía la baba y en el fondo, aunque no fuéramos demasiado conscientes de ello, envidiábamos esa felicidad innata, esa falta absoluta de preocupaciones y ese creer que todo lo que te rodea es bueno y maravilloso.


¿Por qué tenemos que cambiar tanto a medida que nos alejamos de la niñez? Es como si la vida fuera una enorme báscula romana en donde, para que el equilibrio no se descompense, cada “gramo” de tiempo que quitamos a uno de sus platillos, tuviéramos que compensarlo quitando “un gramo” de felicidad.

Mi querida Emma, que el platillo de esa la felicidad siempre esté lleno para ti y ¡ojalá!, cuando seas mayor, te vengan los buenos recuerdos del día que conociste a tres personajes perrunos, de los que seguro, no te olvidarás nunca. Un besito, mi niña.

2 comentarios:

  1. Los perros saben distinguir perfectamente las personas buenas del resto. Nina, después de tantas desventuras, ha encontrado a su ángel que eres tú, Alicia, y empieza a desarrollar su instinto normal. Seguro que Emma siempre va a recordar estos momentos y ojalá no deje que la sociedad "la haga mayor": ser feliz depende de nosotros (y de nadie más). Bellísimas fotos para un lindo poema. Un beso Alicia.

    ResponderEliminar
  2. Gracias como siempre Francesc, afortunadamente Emma está rodeada de muchísimo amor y estoy segura que esa parte de niña no la va a perder nunca. Un beso y feliz semana.

    ResponderEliminar